Bhaktapur, la ciudad de los devotos
A la mañana siguiente salimos temprano hacia Bhaktapur, una de las antiguas ciudades reales del valle de Katmandú. Su nombre proviene del sánscrito y significa “ciudad de los devotos”, una definición que cobra sentido nada más poner un pie en sus calles. Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Bhaktapur fue capital del reino homónimo hasta el siglo XV y sigue siendo uno de los mejores ejemplos de arquitectura tradicional newar. Plazas medievales, templos tallados en madera y una atmósfera que parece haberse detenido en el tiempo.


Apenas cruzamos su entrada, sentí que algo cambiaba. El ritmo, la atmósfera, el tiempo. Las calles empedradas, los templos de madera, los colores apagados por el polvo de los siglos… todo parecía hablar en voz baja, como si el pasado aún caminara por allí.

Los monjes novicios de Bhaktapur
Caminamos en silencio, dejándonos llevar entre plazas, esculturas y fachadas talladas que hablaban de siglos de historia y devoción. Desde una de las calles que desembocaban en la plaza apareció, en completo silencio, una fila de cerca de un centenar de monjes novicios. Iban descalzos, con túnicas azafrán y cuencos metálicos entre las manos. No hablaban. No cantaban. Solo caminaban, uno detrás de otro, con una serenidad que imponía respeto sin necesidad de palabras.

Al llegar frente a uno de los templos, se detuvieron y formaron una especie de círculo – o quizás un rectángulo – justo en medio de la plaza. Dejaron un hueco abierto en la formación, por el que entraron dos mujeres. Se arrodillaron en el centro, con la cabeza baja, mientras los monjes extendían las manos en gesto de bendición. No hubo ceremonia formal, ni instrucciones. Solo silencio, presencia y algo sutil que se sentía sagrado. Cuando terminaron, las mujeres se incorporaron, y los novicios retomaron la marcha por otra calle, con la misma discreción con la que habían llegado.

Talleres de cerámica en Bhaktapur
Más tarde, continuamos caminando sin rumbo fijo, cruzando patios y callejones donde la vida discurría sin prisa. No lo sabíamos, pero estábamos a punto de entrar en otra escena inesperada. En una de las plazas laterales, nos topamos con los talleres de cerámica.

Hombres y mujeres moldeaban la arcilla con manos curtidas, acostumbradas al barro, al sol y a la repetición. Las piezas giraban sobre pequeños tornos rudimentarios, mientras el humo de los hornos dibujaba un velo en el aire. No había vitrinas ni etiquetas. Solo tierra, agua y oficio. Todo allí se hacía a cielo abierto, como si la cerámica formara parte del paisaje desde siempre.

Ver esas manos transformando el barro en forma fue como un presagio. Un símbolo de lo que vendría después en la montaña, personas modelando su mundo con gestos antiguos, sin artificio. Solo conocimiento y tiempo.

Una estupa escondida en Katmandú
Regresamos a Katmandú cuando la tarde ya comenzaba a volverse densa. El tráfico era un caos: motos, coches, cláxones, humo. Todo parecía más ruidoso que nunca, o tal vez solo era el contraste con la calma de Bhaktapur. Íbamos caminando hacia el hotel, cansados, cuando decidimos desviarnos por una callejuela por la que entraba la luz del atardecer.

Al final de esa calle encontramos una pequeña estupa que parecía olvidada por las guías, envuelta por las casas que la rodeaban. Justo detrás, un bar. Entramos. Lo regentaba un hombre latinoamericano que hablaba español. Nos dijo que vivía en Suecia, pero que venía a Nepal con frecuencia. Practicaba chamanismo y, de alguna manera, había hecho de ese rincón su refugio.

Nos enseñó un pequeño templo budista adyacente a la estupa, que según él tenía más de 900 años. Luego cruzamos con él a un patio interior silencioso, lleno de calma. Era uno de esos lugares que no figuran en ningún mapa, pero que uno no olvida.

Pasamos allí casi dos horas, con una cerveza en la mano y la sensación de estar exactamente donde debíamos estar.
De Katmandú a Pokhara, rumbo a Dharapani
Esa noche regresamos al hotel. Algo en el aire había cambiado. Ya no éramos solo viajeros que exploraban templos y plazas. Una parte de nosotros ya había partido hacia otro lugar.
Porque el verdadero motivo de este viaje no estaba en la capital, ni en sus ciudades históricas. Nuestro destino estaba en las montañas, entre acantilados, abejas gigantes y cuerdas de cáñamo. Iba tras una imagen que se me había quedado clavada muchos años atrás, viendo un reportaje de National Geographic: un hombre colgando de una escalera de cuerda, rodeado de abejas, recogiendo miel salvaje de un panal gigantesco. Desde entonces supe que, algún día, iría allí.
Y ese día estaba a punto de comenzar.
Subimos a un autobús nocturno con luces de colores y cajas de pizza en la mano. La cena fue rápida, entre risas y mochilas. Dormimos como pudimos, mecidos por las curvas de la carretera y el traqueteo constante. A primera hora de la mañana llegamos a Pokhara. Allí dejamos parte del equipaje en un hotel y continuamos la ruta por carretera hacia el norte.

Paramos a comer en un pequeño pueblo donde probamos nuestro primer dal bhat, arroz, lentejas y vegetales cocinados con sencillez. Energía pura servida en plato de metal. Después de comer, seguimos hasta Dharapani, donde nos esperaba la familia que nos alojaría esa noche.

Cenamos con ellos, compartimos el calor de su cocina, y nos fuimos a dormir temprano.
Habíamos llegado.
Y ahora sí, el verdadero camino estaba a punto de desplegarse.
Diario de viaje de Nepal

