Amanecer en Dharapani
Amaneció temprano en Dharapani, como todo en Nepal. Eran las seis menos cuarto cuando salí a la terraza de la casa local donde habíamos pasado la noche. El frío de la madrugada se notaba en los huesos. El cielo seguía gris, cubierto por nubes que dejaban entrever, a ratos, la promesa de un sol que aún no se atrevía a salir.

Allí estaba él, en silencio, contemplando las montañas con una taza caliente entre las manos. Pantalones de pinza y chaleco grises, gorra bien colocada. Impecable. Se llamaba Tham. No lo sabía en ese momento, pero aquel hombre, con aire de jefe de aldea y calma de montaña, era el líder espiritual de los Honey Hunters. Fue él quien se acercó y me habló con una amabilidad tranquila, presentándose como nuestro guía para ese día. Nos esperaban más de mil metros de desnivel, entre siete y ocho horas de trekking por caminos remotos y pueblos suspendidos en las laderas del Himalaya. Pero antes, el desayuno.
Un desayuno local antes de la ruta
Antes de calzarnos las botas, el cuerpo pedía algo de energía. Mientras estiraba las piernas en un pequeño paseo por el pueblo, el aire frío despejaba cualquier resto de sueño. A mi regreso, la casa ya estaba en movimiento, Radha, nuestra anfitriona, preparaba bolas de masa que luego aplanaba con un pequeño rodillo de madera sobre el suelo. Su marido las cocinaba en una sartén y, una vez doradas, les daba el último toque directamente al fuego para que se inflaran con esas burbujas crujientes que tan bien saben al amanecer.

Nos sentamos todos en la terraza, envueltos en una quietud deliciosa, mientras el cielo empezaba a clarear. Vikram, nuestro guía en Nepal, sacó sobres de Nescafé que había traído desde Pokhara. Café caliente, pan recién hecho, risas. Pequeños lujos antes de lo que sería una jornada exigente. Me até el turbante al cuello como un pañuelo – ese que compré en Sudán y siempre me acompaña –, guardé la cámara en la mochila y me la cargué a la espalda. Tocaba trekking con unos 18 kilos de equipo fotográfico y ropa a cuestas.
El despertar de las montañas
El cielo seguía cubierto, pero algo en el aire anunciaba que pronto se despejaría. Empezamos a caminar por los senderos que salían de Dharapani mientras la niebla se disipaba lentamente. El aire estaba fresco, húmedo, con ese olor a tierra mojada que solo existe en las alturas. Caminábamos en silencio, aún con el cuerpo entumecido, cuando de pronto, entre las nubes, emergió una silueta blanca.
El Dhaulagiri, imponente y sereno, apareció ante nosotros. La montaña más alta que había visto en mi vida. Su cumbre nevada brillaba con los primeros rayos de sol, como si alguien hubiese corrido una cortina para dejarnos ver su forma perfecta. Fue un regalo, un momento de esos que justifican todos los kilómetros recorridos. Nos detuvimos sin decir nada, como si el tiempo se hubiese ralentizado para que respiráramos aquella imagen.

El cielo se volvió azul, y con él, la temperatura empezó a subir. El frío de la mañana dio paso a un calor inesperado. Eran apenas las nueve y el sol ya nos desafiaba. Me quité el turbante del cuello y me lo até a la cabeza para protegerme. El verdadero trekking comenzaba ahora.
La subida hacia el mirador
Tras más de dos horas de marcha, alcanzamos Takam hacia las 10:15 de la mañana. El pueblo se extendía sobre una loma suave, rodeado de terrazas de cultivo y un puñado de casas de piedra. Al aproximarnos, nos llamó la atención el sonido constante de un tambor. Nos dirigimos hacia la escuela, donde los niños, uniformados, aplaudían por encima de sus cabezas siguiendo el ritmo. Era alguna ceremonia, o tal vez un ensayo. No lo entendimos del todo.
Observamos un rato, descansamos brevemente y seguimos el camino.

La ruta continuó cuesta arriba. La vegetación empezaba a abrirse y el calor ya era considerable. Dos horas más tarde, llegamos a un mirador natural desde el que se podía ver Takam allá abajo, perfectamente enmarcado entre campos escalonados. Más allá, al fondo del valle, justo detrás de la montaña, quedaba Dharapani, ya convertido en un recuerdo lejano de la mañana. El cielo estaba despejado y la visibilidad era perfecta.
Allí hicimos una parada más larga. Dejamos las mochilas, bebimos agua, sacamos algunas fotos y descansamos en silencio. Habíamos alcanzado la mitad de la ruta, y el paisaje merecía una pausa.

Almuerzo en Jhiwa Danda
Tras la parada en el mirador, comenzamos el descenso por la ladera de la montaña. El sendero, flanqueado por muros de piedra y campos escalonados, ofrecía vistas espectaculares del valle. A medida que bajábamos, el paisaje se volvía más amable, salpicado de pequeñas casas de piedra. En uno de los tramos, nos detuvimos un instante para observar a los niños de un colegio que jugaban en un patio algo más abajo, antes de continuar el camino hacia Jhiwa Danda, el pueblo donde haríamos la parada para comer.
Nos recibieron con sonrisas y sacaron unas sillas de plástico que colocaron junto al camino, en un pequeño espacio más ancho. Soltamos las mochilas con alivio y nos sentamos a descansar mientras nos tomábamos unas Coca-Colas frías. El descanso fue breve. Poco después, comenzó a llover. Primero unas gotas, luego un aguacero que nos obligó a refugiarnos en el interior de la casa.
Dentro, una mesa ya estaba preparada. Comimos dal bhat con cubiertos, como en todas las paradas, aunque esta vez las lentejas venían especialmente picantes. Compartimos risas, historias del camino y ese agradecimiento silencioso que nace cuando alguien te ofrece un plato caliente bajo la lluvia.
Cuando el cielo aclaró, salimos de nuevo al porche para tomar un café, y aproveché ese instante para volar el dron y capturar el relieve de los valles que habíamos cruzado. Desde arriba, el paisaje parecía más sereno de lo que nuestras piernas recordaban.
Aún nos quedaba la parte más dura del día.

El ascenso final a Lulang
Después de Jhiwa Danda, retomamos el camino con energías renovadas. Al principio, el sendero volvía a subir, pero pronto alternó con bajadas suaves por la ladera de la montaña, flanqueadas por terrazas de cultivo y bosques dispersos. El calor de las primeras horas había dado paso a un frescor agradable tras la lluvia. El aire olía a tierra mojada y el paisaje, lavado por el agua, parecía más vivo.
Tras varios tramos, descendimos hasta un pequeño puente de madera que cruzaba uno de los afluentes del Myagdi Khola. El sonido del agua marcaba un ritmo diferente, más fresco, casi alentador. Poco después, cruzamos el río principal por un gran puente colgante. El Myagdi rugía abajo, encajonado entre paredes verdes que se alzaban imponentes a ambos lados del valle.

En la otra orilla, el sendero volvía a retorcerse cuesta arriba. A mitad de la subida, otro puente – esta vez metálico – nos permitió cruzar un nuevo afluente. A la derecha, una cascada se despeñaba desde lo alto de la montaña, fundiéndose con el paisaje como una grieta líquida que respiraba.
Seguimos subiendo hasta un pequeño poblado donde creímos, ingenuamente, que habíamos llegado. Compramos agua en una pequeña tienda, nos quitamos las mochilas, estiramos las piernas y preguntamos por Lulang. La respuesta fue un gesto: un dedo señalando hacia lo alto de la montaña. El pueblo que buscábamos estaba todavía más arriba, en lo alto del siguiente monte.

Comenzamos entonces la subida más exigente del día. Un camino casi vertical, hecho de escaleras de piedra irregulares que parecían no tener fin. El cuerpo ya pesaba más que la mochila. Cada paso exigía concentración y paciencia.
Fue en ese último tramo cuando la vimos.
El encuentro con Mati
El cielo seguía encapotado cuando comenzamos la subida final. Las piernas dolían y el cuerpo empezaba a acusar las ocho horas de marcha, pero el camino no daba tregua. Aquel último tramo parecía una escalera infinita tallada en la montaña.
Fue entonces, a mitad de la pendiente, cuando me crucé con ella.
Subía sola, con paso firme y un cesto lleno de hojas a la espalda. Una flor adornaba cada una de sus trenzas, caídas a los lados de la cara, y un pequeño bindi negro en la frente acentuaba su mirada serena. Llevaba pantalones amarillos, una chaqueta oscura y en la mano sostenía un cuchillo largo. Cuando me vio dudar ante un desvío, se detuvo y me indicó con gesto tranquilo que ese no era el camino. Señaló hacia arriba, como si dijera: “Aún queda”.
Le pregunté su nombre. Se llamaba Mati, era de Lulang. Acompañó mis pasos durante unos minutos y, aunque apenas cruzamos palabras, su presencia hizo más liviana aquella subida final.
Yo no podía saberlo aún, pero Mati era hija de uno de los cazadores de miel.
Poco después, llegué al pueblo.

La llegada a Lulang
Allí, en un rellano de piedra junto a una de las primeras casas, estaba Tham. Sentado en silencio, parecía no haber caminado ni un solo kilómetro. A su lado, una mujer me observaba con ojos profundos y gesto tranquilo. Era Indira, su esposa. Nos recibió con una sonrisa suave, y sin decir una palabra, me invitó a sentarme en el umbral.
Le pedí un retrato.
La cámara encontró su lugar con naturalidad, y la imagen que tomé se convirtió, más tarde, en una de mis favoritas del viaje.
Habíamos llegado a Lulang.

El recibimiento en Lulang
Tras el breve descanso frente a la casa de Tham e Indira, subimos aún un poco más. El pueblo, construido en la ladera, parecía escalar la montaña piedra a piedra. Cada casa requería un pequeño esfuerzo extra, una última subida que, después de 22 kilómetros de trekking, se hacía notar.
Arriba del todo, nos esperaba la familia que nos acogería durante los próximos días. Al llegar, nos recibieron con un gesto que no olvidaré. Un pequeño grupo de personas de la comunidad Magar salió a nuestro encuentro, y uno a uno nos fueron colocando tika en la frente, ese punto rojo o anaranjado hecho con polvo de cúrcuma, arroz y agua. Algunos lo llaman bendición, otros símbolo de respeto. Para mí fue un “bienvenido” que iba más allá de las palabras.

Mientras dejábamos las mochilas y estirábamos las piernas, Kamala, nuestra anfitriona, se afanaba en la cocina preparando dal bhat. Las paredes de madera dejaban escapar el humo y el aroma del arroz cocido y las lentejas especiadas. Era nuestra primera comida en Lulang, y aunque ya habíamos probado ese plato varias veces, allí supo distinto.
Nos sentamos, comimos en silencio, y después, simplemente, descansamos. La lluvia de la tarde había refrescado el aire, y por primera vez en todo el día, no teníamos que seguir caminando.
Mañana empezaba la verdadera aventura.
Diario de viaje de Nepal

