Seguro que te ha pasado: ves a alguien con un look espectacular por la calle o en uno de tus viajes y no te atreves a pedirle una foto. O peor aún, la pides, te dicen que sí, pero al llegar a casa la expresión de su cara no te convence. Ves una mirada con tensión o cara de miedo. El problema es que siempre nos enseñan la teoría técnica, pero nadie nos habla de la psicología que hay detrás de un buen retrato.
En este artículo te explico todo mi flujo de trabajo para que dejes de hacer robados de turista y empieces a hacer retratos de verdad. Te detallo desde cómo abordo a mis personajes hasta cómo interactúo con ellos para conseguir la expresión que quiero, incluso cuando no hablamos el mismo idioma. Te enseño todo eso que pasa antes de apretar el botón y que hace que tus fotos pasen de ser simples imágenes a retratos con alma.
1. El error típico: Llegar con ansiedad fotográfica
Es algo que veo constantemente en los viajes que guío, en los viajes a los que voy de cliente e incluso en mi día a día: esa especie de ansiedad por hacer las fotos en cuanto llegamos a un destino. Siempre hay alguien que baja del coche con la cámara ya en la mano y empieza a fotografiarlo todo sin ni siquiera haber mirado a su alrededor.
Ponte por un momento en el lugar de la persona que vive allí. Estás tranquilamente en tu puerta y de repente baja un señor de un coche al que no conoces de nada; lo primero que hace, antes incluso de decirte hola, es empezar a hacerte fotos en las narices. Sinceramente, ¿cómo crees que saldrías en esa foto? Ya te lo digo yo… con una cara de desaprobación y de mala leche que no puedes con ella.
Por eso, el primer consejo que te doy es que llegues a los sitios sin cámara. Saluda, muestra interés por lo que están haciendo y conóceles un poco. Si vas a estar varias horas o varios días en un sitio, no te olvides de que esa gente vive allí, que no se van y que mañana van a volver a estar en el mismo lugar. Cuando pasan las horas y se acostumbran a ti, la relación es muchísimo mejor: ya te conocen, saben quién eres y se van a dejar fotografiar casi siempre.

2. Respeto absoluto: Cuando te dicen que no, es que no
Esto es algo que veo mucho: gente que pide una foto, la persona le dice claramente que no quiere y, al final, se la acaban haciendo igual o intentan robársela por la espalda unos metros más allá. Tienes que entender que cuando te dicen que no, es que no, y hay que aceptarlo sin más.
Esta falta de respeto es lo que acaba generando situaciones de tensión extrema en ciudades como Marrakech, donde ya tienen un turismo de masas exagerado. Si te metes en la Medina, verás que está llena de turistas que van con el teléfono haciendo vídeos y fotos de todo el mundo sin preguntar. La gente está harta de que no tengan un interés real en ellos ni en su cultura, sino que solo busquen su vídeo para subirlo a redes.
Ese comportamiento está destrozando la interacción humana. Cada vez cuesta más hacer fotos en lugares donde el «turismo maleducado» ya ha entrado de esta forma. Por eso, el primer paso para ser un buen fotógrafo de viajes es respetar las decisiones de cada uno. Si sabes hacerlo bien, es muy raro que te digan que no, pero para conseguir ese «sí», tienes que empezar por demostrar que eres una persona educada que respeta a quien tiene delante.

3. Conoce a tus sujetos (con o sin idioma)
Dependiendo del destino y del idioma, este punto puede ser más o menos complicado, pero es la base de mis retratos favoritos. A veces no necesitas grandes discursos; se trata de dedicar tiempo antes de disparar. Por ejemplo, antes de hacer el retrato de una chica en Angola, estuve un buen rato hablando y bromeando. Ella se reía de mí con sus amigas, había como un «tonteo chorra» de risas y gestos donde, aunque no nos entendíamos con palabras, estábamos conectando. Al final, cuando le pedí el retrato, esa expresión tan auténtica que conseguí fue solo gracias a esa interacción previa.


Otro ejemplo más profundo es el de una mujer que fotografié en las calles de Benarés. Al principio, cuando le pedí la foto, ella se cubrió con el sari y yo pensé que me estaba rechazando. Por suerte, un señor me explicó que en India eso es una muestra de respeto: se estaba arreglando para salir bien.
Le pedí al hombre que le dijera en hindi que tenía unos ojos preciosos y ella se murió de la risa. Me puso una condición: que la invitara a un té a ella y a sus amigos. Estuvimos allí de risas un buen rato y, después de ese tiempo compartido, salió un retrato espectacular. Sin ese té y sin ese rato de charla, la foto simplemente no habría existido. Dedicar 15 o 20 minutos a conocer a alguien antes de sacar la cámara te abre puertas —y tiendas de antigüedades en Marrakech— que de otro modo nunca conocerías.


4. Cómo abordar a desconocidos
Vamos ahora con el caso más típico, que es cuando nos cruzamos a una persona por la calle que va caminando o ves a un vendedor en un mercado y le quieres hacer una foto, pero no sabes muy bien cómo pedirla. Aquí hay dos posibilidades: que hablemos el mismo idioma que ellos o que no.
En el caso de que no hablemos el mismo idioma, lo más importante es entrar siempre con una sonrisa. Si vas serio o con timidez, parece que vayas a hacer algo malo; no generas confianza, ellos lo sienten y la reacción de la otra persona es de sospecha. En cambio, si entras con una sonrisa de oreja a oreja, con toda la ilusión del mundo y haces el simple gesto de señalar la cámara, la respuesta casi siempre es que sí. Si te dicen que no, como ya hemos dicho, respeta su decisión.

¿Pero qué ocurre si hablamos el mismo idioma? Aquí podemos jugar con las palabras para ganárnoslos de una manera superficaz mediante lo que yo llamo alimentar su ego.
Fíjate en la diferencia: si yo llego por la calle y te pregunto «¿Hola, te puedo hacer una foto?», lo más probable es que me digas que no. Ahora, si yo te veo así y te entro con la sonrisita y te digo: «Hola, ¿qué tal? Mira, es que te he visto aquí con este sombrero, esta pedazo de barba tan bonita y la pipa… es que tienes un look carismático que es espectacular. ¿Te podría hacer una foto? Luego si quieres te la mando por correo, es que además está entrando una luz…».
En ese momento el ego de esa persona se hincha. Se visten con ese look porque les gusta ser diferentes y les gusta ser vistos. Al hacerles notar que te ha gustado su apariencia y su estética, les generas una ilusión que hace que sea muy difícil que te digan que no. Os puedo asegurar que funciona. Si no, fijaos en el retrato del flautista con sombrero en Barcelona: le pedí la fotografía así y, evidentemente, no tuvo ningún problema en dejarse hacer la foto.

5. Control de parámetros y elección del fondo
Este paso es innegociable dentro de mi flujo de trabajo: ten los parámetros controlados y el fondo elegido antes de pedir la foto. No hay nada peor que abordar a alguien y, una vez te dice que sí, empezar a buscar dónde colocarlo o decir: «Espera, que ajusto el ISO un momento… es que aquí me queda muy oscura».
¿Te imaginas la cara de tu sujeto si le tienes dos minutos parado con la cámara delante de las narices mientras tú decides cómo configurar la cámara? Se pone nervioso, se tensa y, al final, te manda a freír espárragos…
Yo te recomiendo que visualices la foto antes: busca el fondo que te gusta, fija la apertura y la velocidad, y tira con el ISO en automático. No pasa nada por usar el ISO automático; te soluciona la exposición al momento y te permite disparar rápido para que el sujeto no pierda la naturalidad. Si tienes el fondo y la técnica resueltos de antemano, puedes dedicarle toda tu atención a la persona.

6. No utilices nunca el visor!
Este punto entiendo que no todo el mundo lo puede hacer, pero es una parte esencial de mi flujo de trabajo: utilizo el visor lo mínimo posible. De hecho, cuando hago un retrato, no lo uso nunca. Utilizo siempre la pantalla en Live View.
¿Por qué hago esto? Básicamente porque así puedo ver la foto en directo y, lo más importante, puedo mantener el contacto visual con la persona. Si yo estoy haciendo el retrato con la pantalla, te estoy mirando a la cara directamente; tú no sabes exactamente si ya te estoy haciendo la foto o no, y estás pendiente de mí, de mi expresión.
En cambio, ¿qué pasa cuando te pegas la cámara a la cara? La reacción del otro es ponerse serio de inmediato porque se dan cuenta de que ese es el momento crítico de la foto. Se les apaga la sonrisa y se ponen tensos. Con la experiencia he notado que es justo el hecho de subir la cámara y taparte la cara lo que rompe el momento. Por eso, te recomiendo mantener siempre el contacto visual directo para que la cámara sea un elemento secundario en la interacción.

7. La ley del espejo
Este paso está ligado directamente al anterior y es algo muy conocido en psicología: la ley del espejo. Se basa en el hecho de que, cuando tienes contacto visual con alguien, tendemos a imitar su expresión de forma inconsciente. Si yo te miro a la cara y te sonrío de verdad, tu reacción natural va a ser sonreírme de vuelta. Es algo instintivo.
Por eso es tan importante no esconderse detrás del visor. Al mantener el contacto visual directo y sonreír, generas ese momento de conexión en el que haces el clic y capturas la foto perfecta. Pero, ¿qué pasa si no buscas una sonrisa? Pues aplicas la misma lógica: si quieres una foto de «tipo duro», puedes poner tú una expresión más seria o extraña; el sujeto se sentirá algo descolocado o molesto y te devolverá esa mirada intensa que necesitas. Funcionamos con lo que vemos en la cara del otro, así que utiliza siempre tu propia expresión para guiar la suya.

8. Rompe la barrera enseñando la foto
Si la ley del espejo no acaba de funcionar y te das cuenta de que esa persona tenía una sonrisa más bonita cuando no había cámaras de por medio, lo que mejor me sirve es enseñar la foto.
En el momento en que esa persona —que igual está nerviosa, vergonzosa o tímida— se ve en una foto profesional o semiprofesional y se ve bien, ocurre algo mágico. Normalmente no están acostumbrados a verse así y su reacción es un: «Oh, wow». En ese instante les sale una sonrisa natural porque han perdido la vergüenza; se ven guapos, se ven bien, y esa barrera que había entre el fotógrafo y el sujeto desaparece por completo.
Cuando se ven así, ya han perdido el miedo. Entonces es cuando aprovecho para volver a hacer la foto. Ahora ya están relajados y te dan esa sonrisa, esta vez mucho más natural. Si aún así no lo has conseguido, juega un poco con el «jijí-jajá», enséñales la foto otra vez y diles: «Esta sonrisa es la que quiero yo». Te ríes con ellos y, al final, la fotografía acaba funcionando como un lenguaje universal que rompe cualquier muro.
De la técnica a la mirada con alma
Como ves, conseguir un buen retrato depende mucho más de lo que pasa antes de apretar el botón que de la cámara que lleves colgada. Mi flujo de trabajo se resume en estos pasos: llegar sin cámara, interactuar con respeto, alimentar el ego para conseguir el «sí», tener la técnica lista para no hacerles perder el tiempo y mantener siempre el contacto visual.
La fotografía de viaje es una de las mejores herramientas que existen para romper la barrera del idioma y conectar con personas de todo el mundo. Te animo a que salgas a la calle, te atrevas a pedir fotos a desconocidos y pongas en práctica estos consejos.
Si quieres llevar tus fotos al siguiente nivel o apoyar este proyecto, aquí tienes todo lo que necesitas. ¡Mil gracias!

