Primer atardecer en Swayambhunath, el templo de los monos
Llegamos a Kathmandú poco después del mediodía. Dejamos las mochilas en el hotel, nos cambiamos y salimos sin mapa ni rumbo fijo. Lo único claro era el destino del atardecer, Swayambhunath, el templo de los monos. Lo que no sabíamos era que el viaje espiritual empezaría mucho antes de subir sus escalones.
En el camino, nos sorprendió una puya budista. Una ceremonia inesperada que nos obligó a detenernos. Cánticos, incienso, ofrendas… todo envuelto en una calma vibrante que contrastaba con el caos exterior. Así es Kathmandú, ruido y silencio conviven como si nada.

Subimos la interminable escalinata que conduce a la estupa, entre monos que nos observaban desde los árboles como si custodiaran secretos antiguos. Arriba, la ciudad entera se extendía ante nosotros. El sol se escondía lento y la luz dorada acariciaba las estupas, las banderas de oración y los rostros en silencio. Allí, algo se activó. No sé si fue el aire, el olor, o esa forma que tiene Nepal de tocarte sin avisar, pero supe que no estaba en un viaje más. Me sentí conectado con algo.


El monje de Swayambhunath
Después de descender las escaleras de Swayambhunath, nos sentamos un rato en la parte baja del templo. Allí, entre vendedores que ofrecían velas para ofrendas y algún que otro turista despistado, ocurrió algo que se quedó grabado en mí.

Un monje apareció caminando lentamente. Iba vestido con su túnica roja, tenía barba y unos rasgos que llamaban la atención, pero no por su forma, sino por la calma que transmitía. Había algo en su presencia que me empujó a seguirlo con la mirada… y luego con los pasos. Caminó hasta uno de los pequeños templos que hay en la base del complejo, colocó con delicadeza sus velas en un altar y las encendió en silencio. Le hice una foto justo en ese instante. Fue una de las más bonitas del viaje, una imagen sencilla, cargada de paz y espirutalidad.

Cuando salió, le pedí hacerle un retrato. Aceptó con un gesto amable y luego se marchó sin prisa, como si el mundo no tuviera urgencias para él. Nosotros también seguimos nuestro camino. Era hora de cenar.
Cena en Kathmandú
Nos alejamos del templo con la imagen del monje aún flotando en la cabeza. La ciudad seguía viva, pero ya no parecía la misma. Había algo en el ambiente – una calma nueva, una forma distinta de mirar – que no habíamos traído con nosotros, pero que ya se nos había pegado.
Cenamos en un restaurante íntimo, escondido en un pequeño patio interior. El espacio estaba rodeado por vallas de bambú cubiertas de plantas, como un pequeño oasis dentro del bullicio de la ciudad. Allí, entre platos humeantes y calma, comprendí que Nepal no necesita alzar la voz para dejar huella.
Durbar Square y la la Kumari, la niña diosa
A la mañana siguiente, desayunamos en la terraza del hotel. Desde allí vimos a un joven entrenar kickboxing en un patio cerrado, como si nada. Una escena tan surrealista como cotidiana. Después salimos a caminar rumbo a Durbar Square.

Durbar Square, el corazón histórico de Kathmandú, es una de las tres antiguas plazas reales del valle. Está rodeada de templos, palacios y esculturas talladas en madera que conservan, a pesar del paso del tiempo – y de los daños sufridos durante el terremoto de 2015 –, una belleza poderosa y conmovedora. Patrimonio de la Humanidad y símbolo vivo del pasado, sigue latiendo con fuerza en el presente.

La plaza nos recibió con su arquitectura de madera, sus templos rojos y negros, y su historia visible en cada grieta. Allí presenciamos algo único, la salida de la Kumari, la niña diosa. Fue un momento breve, silencioso, cargado de simbolismo. La vimos aparecer por una de las ventanas del palacio, con el rostro sereno y la mirada quieta. Nadie hablaba. Nadie fotografiaba. Era un instante que se respetaba en sí mismo. No sé si fue devoción, tradición o algo más antiguo todavía, pero algo se detuvo en el aire mientras duró su presencia.

Pashupatinath, cremaciones hinduistas a orillas del río Bagmati
Por la tarde fuimos a Pashupatinath, uno de los lugares más sagrados del hinduismo en Nepal. Cruzamos hasta la otra orilla del río Bagmati y nos sentamos en silencio durante más de una hora. Frente a nosotros, se sucedían las cremaciones. Primero lavaban los cuerpos junto al agua, luego los colocaban sobre las piras de leña. Algunas mujeres lloraban con fuerza, pero más que dolor desgarrado, parecía un llanto ritualizado, parte del mismo acto sagrado. Todo ocurría con un ritmo pausado, casi hipnótico. Lo observamos en silencio, tratando de comprender otra forma de despedir la vida. Siempre desde el más profundo respeto.

La puya de fuego en Pashupatinath
Cuando el sol empezó a caer, el ambiente cambió. Justo detrás de nosotros, a nuestras espaldas, comenzó una puya de fuego. El sonido de los cánticos y los instrumentos se fue abriendo paso hasta llenar el espacio. Las antorchas giraban al compás de los mantras, los monjes dirigían la ceremonia con movimientos precisos, y el lugar se transformó. Hombres, mujeres, ancianos… todos se acercaban al fuego para bendecirse con él. Era como si la muerte, al otro lado del río, hubiera cedido el paso a una celebración de lo que sigue vivo. La vida y la muerte, separadas por un cauce estrecho, parecían dialogar en silencio.


Antes de regresar al hotel, cenamos en un restaurante de barbacoas. Irónico, sí. Después de haber pasado la tarde entre cremaciones y puyas, acabar frente a brasas y carne parecía una broma de mal gusto. Pero en Nepal todo convive sin fricción. Lo sagrado y lo cotidiano se cruzan sin avisar, como si formaran parte de un mismo hilo.
Su fuerza está en la calma. En la naturalidad con la que lo sagrado y lo cotidiano se entrelazan sin esfuerzo. Todo fluye sin necesidad de explicaciones. Es una paz silenciosa, pero profunda, que se instala sin pedir permiso… y ya no se va.
Y yo… ya estaba completamente dentro.
Diario de viaje de Nepal

