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Honey Hunter recolectando la miel loca

La recolección de la miel loca – Diario de Nepal, 5ª parte

La mañana del descenso

El día amaneció algo más claro que el anterior, aunque el frío seguía calando en los huesos. El cielo, todavía encapotado, prometía tregua. Mientras tomábamos un café caliente y esperábamos el desayuno, vimos a lo lejos cómo los cazadores de miel empezaban a salir en dirección al acantilado. El sendero hasta los panales no era precisamente corto, casi dos horas y media de montaña, entre subidas, descensos y estrechos caminos esculpidos en la ladera. Esta vez, los cazadores nos solo nos llevaban ventaja, sino que, además, avanzaban más rápido, ya no cargaban con todas las herramientas. Pero nosotros, como fotógrafos, sabíamos que no podíamos perdernos ni un segundo de los preparativos. Documentar la recolección de la miel loca no bastaba. Había que contar toda la historia.

Retrato de un honey hunter con el bhonge
Kharka Kumai, líder de los cazadores de mielc con el bhonge

De modo que, sin pensarlo demasiado, agarramos nuestras mochilas y salimos corriendo tras ellos. El cuerpo todavía entumecido por la noche y las piernas cargadas del día anterior no importaban, la adrenalina de saber que estábamos a punto de presenciar una tradición milenaria nos impulsaba más que cualquier desayuno.

Los últimos preparativos

Llegamos sin aliento, pero a tiempo. Los cazadores acababan de sacar las escaleras del río, mojadas y aún más pesadas que el día anterior. Las estiraron una al lado de la otra sobre el suelo húmedo y comenzaron a inspeccionarlas tramo por tramo. Nabin y Bhim Bhadur revisaban las uniones, reforzando las cuerdas de cáñamo donde fuera necesario, mientras Kharka supervisaba el proceso con una seriedad casi ceremonial.

Detalle de los refuerzos de la escalera
Detalle de los refuerzos de la escalera

Las escaleras, ya unidas y reforzadas, parecían no terminar nunca. Extendidas en el suelo, se alargaban decenas y decenas de metros –probablemente varios cientos –, como una serpiente de bambú esperando a ser izada. Verlas así, listas para ser elevadas al borde del precipicio, imponía. Y pensar que alguien iba a descender con ellas por un acantilado de más de 200 o 300 metros, agarrado solo a una cuerda, ponía la piel de gallina.

Escalera de los cazadores de miel
Nabin y Bhim Bhadur refuerzan el primer tramo de una de las escaleras de bambú

A unos metros de distancia, otros miembros del grupo empezaban a preparar las cuerdas, los recipientes de bambú y el bhonge – la vara con gancho que usarían para cortar los panales –. Todo se organizaba con una precisión nacida de la experiencia. Nadie daba órdenes en voz alta, bastaba una mirada, un gesto. Cada uno sabía lo que tenía que hacer.

cazador de miel confecciona una herramienta para bajar el panal
Ghan B Kumai confecciona una herramienta para bajar el panal

El ascenso

Con la escalera unida y lista, lo primero que hicieron fue enrollarla. Padam Rasaili se la cargó a la espalda, como si no llevara más que un fardo cualquiera. Pero aquel fardo pesaba lo suyo, más de 100 kilos de bambú mojado, reforzado con cuerdas y amarres. El resto del equipo miraba con respeto, en silencio. Sabían lo que significaba ese primer paso.

Padam Rasaili se prepara para levantar los 100Kg de escalera.
Padam Rasaili se prepara para levantar los 100Kg de escalera.

Apenas habían comenzado a subir cuando el peso empezó a pasar factura. La pendiente era cada vez más pronunciada, el terreno irregular, y el sudor le empapaba la frente aunque apenas eran las nueve de la mañana.

Antes de llegar a medio camino, la carga se volvió insostenible. Fue entonces cuando Kulman Kumai y Nabin Kumai se repartieron el peso, llevando cada uno la mitad. Les acompañaban también Hira Kumai y Khagan Rasali.

Los cazadores de miel subiendo al acantilado con las escaleras
Los cazadores de miel ascienden por el acantilado mientras cargan con una escalera de más de 100kg de peso

El ascenso era cada vez más delicado. A cada paso que daban, algunas piedras se desprendían y caían ladera abajo, rebotando entre la vegetación y el polvo suelto. En ese tramo, el camino empezó a ser tan empinado y resbaladizo que, cargando con el equipo fotográfico, decidimos no continuar subiendo.

Ellos seguían ascendiendo hacia la cima del acantilado, y nosotros tomamos la decisión de bajar. Queríamos documentar el descenso desde un lugar más seguro, con buena visibilidad. Desde la base, levantamos los drones para poder seguir la subida de los Honey Hunters desde el aire. En pantalla, los veíamos avanzar entre las piedras, diminutos en comparación con la inmensidad del paisaje. Desde esa altura, la escena cobraba otra dimensión.

El descenso

Por fin llegó uno de los momentos más delicados de toda la jornada. Desde abajo, el grupo observaba en completo silencio. Kharka y los suyos se asomaban al borde del acantilado, preparando el descenso de la escalera.

Había nervios. Expectación. Más de cien kilos de bambú, mojado, atado, enrollado. Una estructura que debía desplegarse en vertical, en caída libre, sin romperse, sin desviarse. El riesgo era alto. Si algo salía mal, toda la operación estaría comprometida.

Un leve gesto, una cuerda que se afloja y, de pronto, la escalera se deslizó montaña abajo. El bambú golpeó contra la roca con fuerza seca, acelerando con cada metro. La estructura cayó prácticamente entera hasta el fondo, bamboleándose en el aire, hasta que el último tramo se enredó en una roca.

Los cazadores de miel descendiendo el acantilado en busca de la miel alucinógena
Los cazadores de miel descendiendo el acantilado en busca de la miel alucinógena

El sobresalto fue general. Desde abajo, varios gritaron indicaciones. Pero no hubo pánico. Kharka, ya con el bhonge preparado, comenzó a descender sin perder tiempo. Bajó con calma, asegurando cada paso, hasta llegar al punto donde la escalera se había trabado. Bastaron unos tirones precisos y un par de ajustes para liberarla. Milagrosamente, no se había dañado ningún tramo.

Entonces sí, la escalera quedó firme. En su sitio. El ritual podía comenzar.

Vista aérea del descenso de Kharka Kumai hacia los panales
Vista aérea del descenso de Kharka Kumai hacia los panales

Un humo tóxico

Abajo, junto al resto del equipo, Rabi Lal Rasaili alimentaba una pequeña hoguera. Iba a necesitarla en breve. Sobre las brasas prenderían hojas secas de rododendro, la planta nacional de Nepal. Irónicamente, su flor es la misma que otorga a la miel sus propiedades psicoactivas, pero ese día, sería el humo de sus hojas lo que ayudaría a los recolectores a trabajar sin ser devorados por las abejas.

Rabi Lal Rasaili esperando a la señal para prender fuego a las hojas de rododendro
Rabi Lal Rasaili esperando a la señal para prender fuego a las hojas de rododendro

Nosotros, desde abajo, observábamos con respeto. Vestíamos trajes de apicultor, por seguridad. Pero ellos no llevaban nada más que su ropa habitual. Ninguna protección más allá de su experiencia, su destreza y su temple. Kharka Kumai era la única excepción, llevaba una especie de gorro de apicultor artesanal, hecho con malla y cuerda, que apenas le cubría la cara.

Cazador de miel con su traje de apicultor tradicional
Kharka Kumai, con su malla protectora, momentos antes del ascenso

Finalmente, Kharka Kumai alcanzó la altura del primer panal. Desde el suelo, solo se escuchaba el zumbido de las gigantes apis laboriosa que custodiaban su colmena. Todo lo demás era silencio.  Por una cuerda, subió el primer ramo de hojas encendidas. El humo, cargado de grayanotoxinas, empezó a elevarse en espirales lentas.

Con un pie firme en la escalera y el otro libre, Kharka acercó el ramo humeante al panal. Las abejas comenzaron a revolotear con nerviosismo, formando un enjambre denso a su alrededor. Algunas descendían hasta el suelo, desorientadas. Otras, en cambio, se agrupaban sobre la roca, formando una barrera viva para proteger a la abeja reina. A continuación, blandió el bhonge y lanzó la primera estocada. Poco a poco, el panal comenzó a despejarse. El momento de la recolección había llegado.

Cazador de miel recolectando un panal
Kharka Kumai empieza ahuyentar a las abejas con el humo tóxico

La recolección de la miel alucinógena

Cuando las abejas abandonaron su hogar, Kharka Kumai, sujetando el bhonge con ambas manos, lanzó la primera estocada contra el panal. Con movimientos precisos, fue cortando poco a poco el inmenso panal, mientras mantenía el equilibrio sobre la escalera. Al terminar, lo enrolló sobre sí mismo, lo ató cuidadosamente con una cuerda y lo hizo descender.

Cazador de miel recoge el panal de abejas
Kharka Kumai doblando el inmenso panal de Apis Laboriosa

Instantes más tarde, Ghan B Kumai, que se encontraba unos metros por debajo, lo recogió en el aire y lo metió en el kupi, una cesta cilíndrica de bambú que los Magar utilizan para transportar la miel. Procurando que no se volcara, hizo descender la carga hasta el suelo, donde la recogió Padam Rasaili, encargado de separar la miel de la cera.

Cazadores de miel bajando un panal de abejas
Los cazadores de miel bajan el primero de los panales
Ghan B Kumai baja el panal con el kupi, la cesta tradicional de bambú
Ghan B Kumai baja el panal con el kupi, la cesta tradicional de bambú
Padam separando la miel de los trozos del panal
Padam separando la miel de los trozos del panal

Una vez vacío, Kharka hizo subir de nuevo el kupi para recoger la miel restante que aún quedaba en altura. También aprovecharon para enviar algo de comida a Hira y Khagan, que seguían en lo alto del acantilado.

El segundo panal

Tras el éxito con el primer panal, los cazadores de miel no tardaron en preparar el segundo. Esta vez, antes de iniciar el corte, Ghan B y Kharka se untaron las manos y los pies con la miel recién recolectada. Una práctica ancestral que, según ellos, ayuda a reducir la cantidad de picaduras. Al parecer, el olor de la propia miel actúa como una especie de camuflaje.

Ghan B Kumai con las manos cubiertas de miel para protegerse de las picadas
Ghan B Kumai se cubre las manos de miel para protegerse de las picadas

Desde abajo, el cielo parecía agitarse. Las abejas, alteradas por el humo y el movimiento, zumbaban en espiral sobre los acantilados. Aun así, la destreza con la que Kharka Kumai manejaba los palos del bhonge era admirable. Repetía los mismos pasos con calma y precisión. Cortaba un fragmento, lo doblaba con cuidado, lo ataba y lo enviaba hacia abajo. Abajo, Padam y Ghan seguían el protocolo: kupi, descenso, separación de la miel, revisión.

Honey Hunter recolectando la miel loca
Kharka Kumai, líder de los Honey Hunters de Lulang, recolectando la el segundo de los panales

Esta rutina, casi coreografiada, tenía algo hipnótico. A pesar del riesgo, del dolor de las picaduras y del cansancio acumulado, ninguno de ellos parecía dudar. Cada gesto era el resultado de siglos de tradición, una sabiduría transmitida sin libros ni escuelas. Solo experiencia. Lo llevaban en la sangre.

El precio de la miel loca

Después de recolectar el segundo panal, hicimos una pausa para comer. Mientras nosotros recuperábamos fuerzas, los cazadores de miel que seguían arriba – y que ya habían almorzado – aprovecharon para mover la escalera unos metros, hasta colocarla frente a los panales restantes. La jornada todavía no había terminado, todavía quedaban dos panales más.

Ghan B Kumai da indicaciones a los cazadores de miel que están arriba
Ghan B Kumai da indicaciones a los cazadores de miel que están arriba

El cielo empezaba a cerrarse. Nubes densas se acumulaban sobre las cimas más altas y el viento se volvía más frío. Kharka Kumai, que había liderado todo el proceso hasta ese momento, comenzó a mirar sus manos con preocupación. Las tenía hinchadas, cubiertas de picaduras. El dolor era evidente, y por primera vez en toda la jornada, pareció dudar. A pesar de los años de experiencia, sabía que seguir en ese estado era un riesgo innecesario.

La mano de un cazador de miel llena de picadas
La mano de Kharka Kumai llena de picadas de abeja después recolectar los dos primeros panales

Durante unos minutos, se abrió un debate entre los hombres. Algunos querían continuar, otros opinaban que era mejor esperar. La tensión estaba en el aire. Y fue entonces cuando empezó a llover. No era una lluvia intensa, pero lo suficiente como para empapar la piedra, volverla resbaladiza y poner en peligro cualquier intento de descenso. Nosotros, que en todo momento habíamos procurado no interferir, les dejamos claro que no era necesario continuar solo por nuestra presencia. Ya teníamos lo esencial para el reportaje.

Al final, decidieron posponer la recolección de los dos panales restantes. La seguridad iba primero. Recogieron parte del equipo, hablaron en voz baja y dieron por cerrada la jornada.

La miel loca

Los miembros de la comunidad se acercaron a nosotros con sonrisas cansadas y nos invitaron a probar la miel recién extraída. Era espesa, oscura, con un sabor potente y un regusto amargo al final. La compartimos sentados sobre piedras húmedas, rodeados de los cazadores de miel y sus familias, con el olor de la hierba mojada aún en el aire. Una escena sencilla, pero imposible de olvidar.

Las mujeres de la comunidad magar compartiendo la miel loca
Las mujeres de la comunidad magar compartiendo la miel loca

Después, iniciamos el camino de regreso a Lulang. Más de dos horas de trekking por senderos empinados, con las mismas mochilas a la espalda y el cuerpo cansado. Pero nadie se quejó. El ánimo era otro. 

Tal vez fue la miel. 

O tal vez la emoción de haber sido testigos de algo único.

Una despedida dulce

Al llegar a Lulang, nos recibió la misma calma de siempre. Las montañas ya estaban cubiertas por la niebla de la tarde y el aire había vuelto a enfriarse. Todo estaba en su sitio, como si nada hubiera pasado. Pero dentro de nosotros algo sí había cambiado.

Después de una ducha caliente y una cena que supo a hogar, nos reunimos con el resto del equipo. Sin planearlo, comenzó una pequeña celebración. Bailamos con ellos. Reímos. Nos dejamos llevar por la alegría sencilla que brota cuando se ha compartido algo importante. La familia de Tham, los cazadores, los vecinos… todos estaban allí, reunidos frente a la casa, en una pequeña explanada que hacía las veces de porche. Como si aquel espacio se hubiera llenado de calor humano para cerrar el día más importante.

Mujer magar haciendo el namasté
La madre de Kamala, nuestra anfitriona en Lulang, se despide de nosotros con un namasté

A la mañana siguiente, amaneció despejado. La claridad que entraba por la ventana contrastaba con la tristeza de la despedida. Frente a la casa de Tham, en un claro de tierra que hacía las veces de porche comunal, se reunieron varios miembros de la comunidad. Tham nos esperaba con la misma solemnidad con la que había oficiado los rituales. Con un gesto pausado, nos bendijo de nuevo con tika y, esta vez, también nos colocó una khata blanca al cuello, una bufanda ceremonial que en la tradición tibetana simboliza respeto, pureza y buenos deseos. Era su forma de darnos las gracias. Nosotros también lo hicimos. Por abrirnos la puerta de su mundo, por dejarnos mirar desde tan cerca una tradición que lleva milenios anclada en las montañas.

En la mochila, entre la ropa sucia y los recuerdos, llevábamos algún que otro bote de miel. Y algo mucho más valioso, la certeza de haber sido testigos de algo irrepetible.