Cuando cae la tarde en Bangladesh, la atmósfera se vuelve densa y cálida, miles de pequeñas llamas comienzan a encenderse en templos, patios y calles. Sus luces, temblorosas pero firmes, iluminan los rostros de quienes se reúnen para cantar, orar y rendir homenaje a Baba Lokenath, un sabio al que se venera como protector y guía espiritual. Es Rakher Upobash, uno de los festivales más íntimos y sentidos del calendario hindú en el país.
Durante varias noches del mes de Kartik, miles de fieles se reúnen para ayunar, encender lámparas de aceite y rezar entre cánticos, mantras y ofrendas. El ambiente que se crea es mágico, casi místico, y desborda espiritualidad por todos los rincones. En esta entrada te comparto mi experiencia durante el Rakher Upobash de Sonargaon, cerca de Dhaka, donde tuve la oportunidad de documentar con mi cámara uno de los rituales más intensos y conmovedores que he vivido.

El origen espiritual del Rakher Upobash
El Rakher Upobash es una festividad profundamente arraigada en la tradición hinduista de Bangladesh, especialmente entre los devotos de Baba Lokenath, un místico y asceta del siglo XVIII venerado como santo. Lokenath Brahmachari es considerado una figura espiritual que dedicó su vida al servicio de los demás, y muchos fieles creen que aún protege a quienes lo invocan con fe.

Este ritual se celebra durante el mes de Kartik, uno de los más sagrados del calendario bengalí, que comienza cada año con la luna nueva entre octubre y noviembre, según el calendario lunar. El Rakher Upobash tiene lugar especialmente los martes y sábados de este mes, días considerados especialmente propicios para la oración y la introspección.

Durante el festival, los fieles ayunan desde el amanecer hasta el anochecer y se reúnen al atardecer en torno a templos, ashrams o altares improvisados para encender lámparas de aceite, cantar mantras y ofrecer oraciones. El término “Upobash” hace referencia al ayuno, mientras que “Rakher” está relacionado con “Raksha”, es decir, la protección. Se cree que al practicar este ayuno, los devotos reciben bendiciones de salud, bienestar y protección para ellos y sus seres queridos.

Más allá del sacrificio físico del ayuno, el Rakher Upobash es una expresión de devoción colectiva, donde miles de personas comparten un mismo propósito espiritual, purificar el cuerpo y la mente, reconectar con la fe y recordar las enseñanzas de Lokenath.
El ritual, ayuno, luz y devoción colectiva
Cuando cae el sol durante los días señalados del mes de Kartik, los templos y ashrams de Bangladesh se transforman. Decenas, cientos, a veces miles de personas se reúnen en silencio o entre cánticos, con las ofrendas cuidadosamente preparadas, frutas, dulces, flores, inciensos y pequeñas lámparas de aceite llamadas diyas. Cada familia busca un espacio en el suelo para extender una esterilla o sentarse directamente frente al altar, donde colocan sus elementos rituales.


A medida que se encienden las primeras llamas, la escena adquiere una dimensión casi mística. El aire se espesa con el humo del incienso y el murmullo de los mantras, mientras el resplandor de las lámparas multiplica los rostros en la penumbra. Todo se vuelve atmósfera, densa, cálida y profundamente espiritual. La comunión entre los devotos no necesita palabras, es una devoción compartida, una práctica colectiva que trasciende lo individual.


Quienes participan lo hacen con entrega. El ayuno no es solo una renuncia alimentaria, sino un acto de purificación, de compromiso íntimo con lo sagrado. En ese gesto de renuncia y silencio se esconde la esencia del Rakher Upobash: una búsqueda de equilibrio, salud y protección, pero también un momento para agradecer y recordar que la fe, cuando se practica colectivamente, tiene una fuerza transformadora.

Fotografiando el Rakher Upobash en Sonargaon
Documentar el Rakher Upobash fue mucho más que capturar un ritual. Desde el principio, el ambiente se sentía mágico, casi místico. A medida que avanzaba la ceremonia, el humo de las lámparas de aceite y del incienso iba espesando el aire, envolviendo a los fieles en una neblina densa que dificultaba incluso enfocar con la cámara. Mis ojos lloraban por el humo, pero lejos de incomodarme, esa sensación me hacía sentir todavía más dentro de la escena, más parte de ella.


El sonido era constante, mantras, cánticos devocionales, el ritmo de la música y, de vez en cuando, los agudos ululeos de las mujeres, esa vibración aguda tan característica de las celebraciones espirituales. Era imposible no dejarse llevar. La energía era de devoción absoluta, pero también de celebración, de compartir algo sagrado entre todos los presentes.




Una de las escenas que más me conmovió fue la de un sadhu, sentado en el suelo, con una vela encendida sobre su cabeza y varias más en un soporte ritual que sostenía entre las manos y su boca. Su figura parecía suspendida en el tiempo, como un guardián silencioso de toda aquella espiritualidad que desbordaba el templo.


El Rakher Upobash no fue solo un ritual. Fue una vivencia profundamente espiritual, de esas que no se explican, se sienten. Me senté entre ellos, rodeado de humo y cánticos, con la cámara en la mano pero el corazón completamente abierto. La espiritualidad no estaba solo en las ofrendas, estaba en cada mirada, en cada gesto, en cada vela encendida con fe.
Frente a mí, una joven devota me observaba, nuestras miradas se cruzaron en silencio, como si compartiéramos, sin palabras, la intensidad de ese instante sagrado. Sentí que aquello no era solo una ceremonia, sino un momento profundamente humano y espiritual, compartido por todos los que estábamos allí. No me sentí un extraño, sino un testigo agradecido. Fue una de esas experiencias que te recuerdan por qué viajas y por qué haces fotos.


