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Ceremonia animista de los cazadores de miel

El ritual animista de los Cazadores de Miel – Diario de Nepal, 4ª Parte

El amanecer sobre Lulang

A través de la ventana aún empañada, se intuía el ajetreo de quienes llevaban horas en pie. El sol apenas despuntaba sobre las montañas cuando salimos de la habitación con las manos metidas en los bolsillos y el cuerpo todavía dormido. Afuera hacía frío. Un frío seco, silencioso, que obligaba a caminar encogido, con los hombros hacia arriba.

La recompensa estaba en las vistas. Desde lo alto del pueblo, Lulang se abría al mundo como un balcón natural suspendido sobre las montañas. Todo era verde, profundo, salpicado de terrazas, árboles y pequeños caminos que se perdían entre la vegetación. Justo detrás de una de las cimas, el sol empezaba a asomar tímidamente, tiñendo el cielo de tonos cálidos.

Vistas desde la habitación
Amanecer sobre Lulang desde la puerta de nuestra habitación. El frío aún se notaba en el aire mientras el sol comenzaba a asomar entre las montañas.

Kamala, nuestra anfitriona, tenía el café listo. Nos sentamos en el porche, envueltos en mantas improvisadas y en el silencio de la mañana. Mientras esperábamos el desayuno, calentamos las manos con la taza humeante, intentando espabilar. Minutos después, apareció con un dal bhat contundente. Pan, arroz, lentejas, verduras. Nada mejor para afrontar el día que teníamos por delante.

Los cazadores de miel

Cuando terminamos de desayunar, Tham nos reunió junto a la entrada. Estaba conversando con Karkha Kumai, el líder de los Honey Hunters, y con el resto del equipo. Hombres de complexión normal, de mirada serena, cargaban a la espalda escaleras de bambú atadas con cuerda. Tham nos los presentó uno a uno, con ese respeto que se tiene a quien se juega la vida en cada descenso.

Retrato de Tham en Lulang
Retrato de Tham en Lulang

También estaban allí algunas mujeres, con cestos a la espalda. Llevaban los utensilios de cocina, algunos alimentos y dos pollos que habíamos comprado para la ceremonia. 

El grupo estaba completo. Tocaba partir. Por delante teníamos dos horas y media de caminata por un sendero estrecho, tallado en la ladera, envuelto en verde. El ritual estaba cerca. Y con él, el alma más antigua de los Magar.

Vista aérea de Lulang
Vista aérea de Lulang en primer plano, con las montañas al fondo donde se esconden los panales gigantes de las abejas del Himalaya

El sendero de los cazadores de miel

El camino comenzó cuesta arriba. Lulang está encaramado a la ladera de una montaña, así que antes de abandonar el pueblo tuvimos que atravesarlo entero y subir hasta su punto más alto. Desde allí, una carretera de tierra bordeaba la montaña durante unos metros, pero pronto nos desviamos por un estrecho sendero que descendía entre la vegetación.

Maya, una de las mujeres del grupo, cargando utensilios de cocina al salir de Lulang.
Maya, una de las mujeres del grupo, cargando utensilios de cocina al salir de Lulang.

A diferencia del día anterior, todo parecía más verde, más vivo. Caminábamos entre árboles salpicados de rododendros, con sus flores rojas brillando como señales en mitad del bosque. Era precisamente de esas flores de donde las apis laboriosa – las abejas melíferas más grandes del mundo – extraían el néctar que acabaría convirtiéndose en la miel alucinógena, tan valorada por sus propiedades medicinales y espirituales. Esa flor – la del rododendro – no solo da sentido a la miel, sino que también figura en la bandera de Nepal, como si el país entero se reconociera en su simbología.

Flor del Rododendro
La flor del rododendro, símbolo nacional de Nepal y origen del néctar que transforma la miel en medicina sagrada

El grupo avanzaba con ritmo firme, incluso cargando escaleras de hasta 62 kilos de peso. La carga era tal que se veían obligados a turnarse el peso cada cierta distancia. Se notaba que estaban acostumbrados a ese terreno. A mitad de camino hicimos una pausa. Ellos para descansar los hombros; nosotros, para recuperar el aliento y dejar que la vista nos lo robara otra vez. El paisaje era espectacular, montañas cubiertas de verde, un silencio roto solo por el crujir de nuestros pasos y el zumbido lejano de las abejas.

Los cazadores de miel cargando escaleras
Ghan B, Nabin y Bhim Bhadur cargando escaleras y herramientas por la ladera de la montaña, entre árboles y helechos.
Kharka Kumai, líder de los cazadores de miel
Kharka Kumai, líder de los cazadores de miel, posa durante el trekking
Bhim Bhadur, Khagan Rasaili, Nabin Kumai y Padam Rasaili descansando durante la parada

Camino hacia los panales sagrados

Más adelante, un grupo de mujeres nos hizo señas desde unas terrazas de cultivo. Labrar la tierra en pendiente es uno de los muchos retos de vivir en altura, pero su sonrisa era la de quien ya está acostumbrado a convivir con la montaña. Les saludamos y seguimos detrás del grupo, que ya había retomado el paso.

Vista del paisaje durante el trekkin
Vista del paisaje durante el trekking de ida, senderos estrechos, terrazas verdes y montañas envueltas en neblina. A lo lejos, varias mujeres trabajan la tierra entre cultivos escalonados.

Tras más de dos horas de marcha, alcanzamos una explanada junto a un acantilado. Frente a nosotros, colgando de la roca, se extendían los panales. Algunos medían más de 80 centímetros. Pero lo que se veía no era cera, sino una masa vibrante y oscura, miles de abejas cubrían por completo la superficie, zumbando con una intensidad casi hipnótica.

Panales de abejas gigantes en la roca
Nidos de apis laboriosa colgando del acantilado. Uno de ellos, el más grande, supera el metro de diámetro. Están completamente cubiertos por miles de abejas.

Nos detuvimos. El lugar imponía respeto. El ritual estaba a punto de comenzar.

El altar bajo el acantilado

Tras contemplar por primera vez los panales colgantes, dejamos las mochilas y el equipo fotográfico a un lado y aprovechamos para recuperar el aliento. Habíamos llegado. El acantilado se abría ante nosotros como un anfiteatro natural, y allí, justo debajo de los panales, los Honey Hunters comenzaron a descargar todo lo que habían cargado durante horas, las escaleras de bambú, las sogas, las herramientas, los cestos. Todo quedó perfectamente alineado bajo la pared vertical donde, al día siguiente, se jugarían la vida.

Kharka Kumai atando una cinta a las escaleras
Las cuerdas y escaleras de bambú, esenciales para descender por el acantilado, también son bendecidas. Kharka ata cintas rituales como símbolo de protección espiritual.

Tham no tardó en apartarse del grupo. Se agachó junto a una gran piedra plana y comenzó a preparar el altar. Lo hizo con la calma de quien repite un gesto aprendido desde niño. No necesitó palabras, con movimientos pausados, extendió sobre la superficie una mezcla de harina de arroz y tika de colores intensos, creando una suerte de dibujo ritual. Después clavó en el suelo varias varas de bambú decoradas con cintas blancas y rojas que se mecían con el viento. El conjunto era tan simple como poderoso.

El altar con harina de arroz y tika
Tham traza líneas con harina y cúrcuma sobre la piedra que servirá de altar. Es el primer paso del ritual de protección antes de la recolección de la miel.

Los sacrificios a los ancestros

Mientras Bhim Badur sacaba los dos pollos, Kulman apareció desde la explanada con una cabra sujeta por una cuerda. Hasta ese momento, no sabíamos que también formaría parte del sacrificio.

Antes de comenzar, Tham y Kharka rociaron las cabezas de los animales con agua para purificarlos. Luego, sin ceremonia añadida, degollaron al primer pollo. La sangre fue esparcida sobre el altar y también sobre las herramientas. El segundo pollo corrió la misma suerte.

Tham y Kharka mojan las cabezas de los animales
Antes del sacrificio, los animales son purificados con agua. Un gesto ceremonial que forma parte del ritual animista de protección, invocando a los espíritus para una recolección segura.

Entonces llegó el turno de la cabra. Varias manos la sujetaron con firmeza mientras colocaban un cuenco bajo su cuello. Un corte limpio bastó. La sangre brotó con fuerza, y una gota saltó directamente sobre mi cámara, como si el ritual se resistiera a ser fotografiado sin dejar huella. Después, los cazadores repitieron el gesto, mojaron cuerdas, escaleras, utensilios… todo debía estar consagrado.

El sacrificio de la cabra
Varios hombres sujetan a la cabra mientras otro recoge la sangre en un recipiente metálico. Todo será utilizado en el ritual de protección antes de descender al acantilado.

Las cabezas de los tres animales fueron colocadas sobre el altar, entre los pigmentos y las cintas, mientras los Honey Hunters se acercaban uno a uno. Cerraban los ojos, murmuraban plegarias, pedían protección. La escena era tan íntima que costaba incluso tomar fotos.

El altar tras el sacrificio
El altar, ahora teñido de sangre, con las cabezas de la cabra y los pollos ofrecidos como ofrenda a los espíritus. A su lado, las escaleras y herramientas que los Honey Hunters bendicen antes de la recolección.

Atraídas por el olor a sangre, las abejas comenzaron a descender en espiral, flotando alrededor del altar. Era hora de retirarse. Reunimos nuestras cosas y nos alejamos hacia una explanada próxima. El ritual había terminado. Tocaba comer y recuperar fuerzas para la jornada del día siguiente.

Comiendo con los cazadores de miel

Nos dirigimos hacia la explanada cercana, donde las mujeres habían montado una pequeña estructura con palos de madera y lonas para protegernos del sol, que a esa hora caía con fuerza sobre la ladera. La sombra improvisada ofrecía un alivio agradecido tras las emociones de la ceremonia. Dejamos las mochilas, nos sentamos sobre el suelo o en las piedras cercanas, y comenzamos a acomodarnos.

Poco después, vimos aparecer a Ghan B, Kulman y Khagan. Entre los tres, cargaban el cuerpo de la cabra sacrificada. Se la llevaron al río, y allí, con calma y precisión, comenzaron a quitarle la piel. El agua corría junto a ellos mientras trabajaban. Era un gesto íntimo, casi ritual, en el que no sobraban palabras. Una vez desollada, procedieron a trocearla entera. No se desperdició nada. Cada pieza fue separada con respeto, como dicta la tradición animista, todo lo que ha dado su vida merece ser aprovechado.

Los cazadores de miel despiezando la cabra
Ghan B, Kulman y Khagan despiezan la cabra junto al río tras el sacrificio.

Mientras tanto, las mujeres se pusieron a cocinar. El fuego se encendió bajo unas piedras, y en poco tiempo el aire se llenó del aroma de la carne asada. La comida fue sencilla y contundente. Compartimos platos de cabra recién hecha, arroz y vegetales, sentados en corro, hablando con gestos, risas y alguna palabra traducida por Tham.

Durante la sobremesa, entrevistamos a Tham, el maestro de ceremonias, y a Kharka, líder de los cazadores. Nos hablaron con calma, como quien ha contado una historia muchas veces pero aún la respeta. Nos contaron que todo lo que hacen se lo enseñaron sus padres, y antes sus abuelos. Y así, generación tras generación. Por eso continúan usando herramientas tradicionales, cuerdas de cáñamo, cestos de bambú, escaleras artesanales. No por nostalgia, sino porque es lo que conocen, lo que ha funcionado durante miles de años, lo que honra su forma de vida.

Los cazadores de miel se reúnen tras la comida junto a algunos representantes del gobierno local
Los cazadores de miel se reúnen tras la comida junto a algunos representantes del gobierno local, que se acercaron para supervisar la recolección – una práctica reglada por ley – y, de paso, curiosear ante la inesperada presencia de turistas.

La vuelta a Lulang

A media tarde, mientras recogíamos, vimos a algunos de los honey hunters levantar las escaleras y llevarlas al río. Las sumergieron una a una, dejándolas en remojo. No era un gesto anecdótico, el agua haría que resistieran mejor el peso y la tensión al día siguiente, cuando colgaran de ellas sobre el acantilado.

Volvimos a Lulang siguiendo el mismo sendero. Dos horas y media más tarde, con la luz cayendo tras las montañas, llegamos al pueblo. Habíamos compartido mucho más que una comida. Habíamos sido testigos de una cultura que no solo sobrevive, sino que persiste con dignidad.