Rumbo al suroeste de Etiopía
A primera hora de la mañana, tras el desayuno, retomamos la ruta hacia el suroeste del país. En Jimma se nos ha unido Amhara, la cocinera que nos acompañará durante los próximos días. Es una mujer de complexión fuerte, con una energía contagiosa y una sonrisa siempre a punto. Sube al coche cargando sus cosas con naturalidad, como si llevara años haciendo este camino. Apenas habla, pero su risa se cuela de vez en cuando entre frase y frase, como un eco que aligera el viaje.
Seguimos avanzando en nuestro vehículo, dejando atrás la ciudad y adentrándonos en una región cada vez más frondosa. A medida que nos alejamos, la presencia de coches en la carretera va desapareciendo. Apenas nos cruzamos con nadie que no vaya a pie, en carro o en tuk-tuk. El asfalto se mantiene, pero todo lo que se aleja de él es tierra roja. La carretera sigue su curso entre árboles altos y vegetación densa, como una línea que se abre paso sin perturbar demasiado el paisaje.

Encuentros con fauna en la carretera
En uno de los tramos más frondosos del camino, Ayele reduce la velocidad y detiene el coche. Nos señala que crucemos al otro lado de la carretera. Lo hacemos con curiosidad, sin saber muy bien qué ha visto. Entonces los distinguimos: unos colobos se mueven entre las copas de los árboles, altos y oscuros, con sus largas colas blancas dibujando arcos en el aire. Están lejos, pero se dejan ver. Nos quedamos quietos, mirando hacia arriba, siguiendo sus saltos entre las ramas. El bosque, denso y húmedo, parece por un momento contener la respiración.
Unos kilómetros más adelante, volvemos a detenernos. A un lado de la carretera, sobre un pequeño alto del arcén, hay una manada de babuinos. Ya no están cruzando; simplemente nos observan desde su posición elevada. Bajamos del coche con cuidado, sin hacer ruido. Un macho imponente permanece erguido, inmóvil, como si estuviera protegiendo al grupo. Detrás de él, una hembra sostiene a su cría entre los brazos. Ambas nos miran fijamente.

Nos quedamos allí un rato, en silencio, observándolos. Es un momento precioso, de esos que llegan sin avisar. Un encuentro breve, pero de una belleza serena, que deja una huella suave y duradera.

"Despacito"
Todavía estábamos fuera del coche, comentando lo que acabábamos de ver, cuando notamos que nos observaban. Un pequeño grupo de chicas jóvenes y niños se acercaba caminando por la carretera. Venían en dirección contraria, con paso tranquilo, y se detuvieron a unos metros, mirándonos con curiosidad. No dijeron nada. Tampoco hacía falta.

Intercambiamos sonrisas, saludos tímidos con la mano, alguna risa breve. La barrera del idioma quedó en segundo plano. Nos hicimos algunas fotos juntos, sin grandes gestos, sin poses forzadas. Solo un cruce sencillo de miradas, de esos que no necesitan traducción.
Cuando volvimos al coche, Ayele nos esperaba dentro, bailando y cantando a todo volumen el “Despacito”, como si el viaje no pudiera avanzar sin su banda sonora improvisada. Fue imposible no reírse.

La plantación de té
Seguimos avanzando y el paisaje vuelve a transformarse. A nuestra derecha, una enorme plantación de té se extiende durante kilómetros. Las hileras de arbustos se alinean con precisión geométrica, dibujando un tapiz verde que sube y baja con el relieve. Mesfin nos cuenta que se trata de la mayor plantación de té del país.
Nos detenemos unos minutos para estirar las piernas y contemplar el paisaje con calma. Afuera huele a tierra húmeda y a hojas recién cortadas. Todo está en silencio, salvo por el zumbido de algún insecto y el murmullo lejano del viento entre las ramas. Hago una foto del campo, de ese mar vegetal que parece no terminar nunca.

Cuando volvemos al coche, un niño se acerca a la ventanilla con unos pequeños paquetes de té envueltos en plástico transparente. Nos ofrece uno sin decir palabra. Le compramos un par, casi por inercia, como quien quiere llevarse algo del lugar más allá de una imagen. Él asiente y se marcha en silencio, caminando al borde de la carretera.

A lo lejos, un camión cargado de té se acerca por la carretera. Sobre el techo viaja un grupo de jóvenes, sentados directamente sobre la carga. Van riendo, conversando entre ellos, relajados, como si viajar así fuera lo más natural del mundo. Al pasar junto a nosotros, levantan la mano con entusiasmo. Uno de ellos grita “farangi, farangi”, el término en amárico con el que se refieren a los turistas blancos. Nos saludan con esa mezcla de alegría y espontaneidad que tan a menudo se encuentra en la carretera. Aquí, donde tener coche está al alcance de muy pocos, cualquier espacio sirve para avanzar.

La cabaña pintada
Volvemos a detenernos frente a una cabaña que destaca entre la vegetación por su belleza. Tiene las paredes de barro pintadas con motivos geométricos en tonos ocres, blancos y negros, y un tejado cónico de paja que le da una silueta perfecta. Todo está cuidado, simétrico, lleno de armonía. En la entrada, sentada con naturalidad sobre el umbral de barro, una mujer mayor nos observa con gesto tranquilo. Viste una túnica color coral y va descalza. A sus pies, un racimo de plátanos verdes. No se inmuta al vernos, ni sonríe ni se esconde. Simplemente está. Y con eso basta para que nos detengamos.

Desde dentro de la casa salen algunas figuras más. Una mujer joven, una niña preciosa que la acompaña, niños que se asoman desde un lateral. La familia ha salido a nuestro encuentro, discretos pero presentes. La niña nos observa con una mezcla de timidez y decisión. Lleva una camiseta turquesa con un dibujo de un tigre con gafas de sol y la palabra Chillin’. Sus ojos, oscuros y grandes, contrastan con la seriedad de su expresión. Es un rostro que cuesta olvidar. Y no por la ropa ni por la pose, sino por la intensidad con la que mira.

La trabajadora de la plantación
Cuando ya nos estamos acercando al coche para continuar, aparece una mujer caminando por el arcén. Vuelve de trabajar en la plantación. En una mano lleva un cuchillo largo, en la otra una pequeña tetera metálica. Pero lo que más me llama la atención es cómo transporta su carga: ha utilizado hojas de platanero, atadas entre sí, formando una especie de mochila vegetal que descansa sobre su espalda.
La saludo con un gesto y le muestro la cámara, preguntándole con la mirada si puedo hacerle una foto. Ella asiente con una sonrisa suave y se detiene un instante. No posa, simplemente se deja mirar. Hago la foto y le doy las gracias. Luego sigue su camino, caminando en dirección contraria a la nuestra, sin mirar atrás.

El mercado tras la tormenta
Nuestra siguiente parada es en un pequeño pueblo donde se celebra el mercado local. Ha llovido con fuerza hace apenas unas horas, y lo único que queda ahora es una calle principal embarrada, llena de charcos profundos y tierra removida. Las tiendas improvisadas están hechas con lonas, palos de madera y cajas vacías. Aun así, hay movimiento. La gente camina descalza o con sandalias de plástico, esquivando el barro como si fuera parte del paisaje.
Vemos a varias mujeres con la cabeza cubierta, otras no. Es curioso cómo conviven sin conflicto aparente las religiones cristiana ortodoxa y musulmana en este país. No hay tensión, al menos no visible. La diversidad forma parte de lo cotidiano.

El joven mundari
A los pocos minutos llega un joven de origen mundari. Es delgado, bastante bajo para ser sursudanés, con una mirada seria. Será nuestro guía durante las próximas horas. Nos llevará a visitar una pequeña comunidad que vive en las afueras, más allá del pueblo.

Tras la lluvia, el paisaje ha cambiado por completo. El verde parece ahora más vivo, más intenso. La humedad resalta cada hoja, cada tallo, como si todo estuviera recién estrenado. También los olores han cambiado: huele a tierra mojada, a savia, a vida que respira. Caminamos por un sendero embarrado, guiados por el joven mundari. Vamos despacio, esquivando charcos y resbalones.
Delante de nosotros, tres niños corren descalzos por el barro con una agilidad sorprendente. No tropiezan, no resbalan. Juegan, se empujan, se ríen. No necesitan más. En algunos árboles cercanos vemos colgando unos tubos largos, hechos con corteza vacía. Nos explican que se usan como colmenas para recolectar miel. No hay casas a la vista, solo vegetación y un silencio que lo envuelve todo. Cuesta creer que alguien viva aquí.

De pronto, el guía nos señala un desvío apenas visible. Nos apartamos del camino principal y atravesamos unas cañas altas que crujen al paso. Al otro lado, como escondida entre la vegetación, aparece una pequeña aldea.
Visita a una pequeña tribu desconocida
El sendero se abre al fin en un claro, y allí aparece el asentamiento: una pequeña comunidad formada por unas pocas chozas hechas con cañas, palos y lonas. Las paredes están cubiertas con hojas secas y plásticos azules reutilizados. Todo está construido con lo que se tiene a mano. No hay orden, ni calles, ni estructura aparente. Solo espacio para vivir.
Frente a una de las chozas, una chica joven está sentada sobre una esterilla. Viste una tela estampada con flores anaranjadas que le cubre el cuerpo de forma sencilla. Tiene un barreño lleno de hojas verdes y está preparando verdura con las manos. Cuando la miramos, nos devuelve la mirada con una sonrisa serena, sin dejar de trabajar. No es una sonrisa forzada ni tímida, sino natural. Como si nos estuviera diciendo: estáis aquí, y está bien.

A unos metros, un grupo de personas mayores y varios niños se ha reunido frente a otra cabaña. Nos observan en silencio. Algunos llevan mantas de colores vivos envueltas sobre el cuerpo, otros caminan descalzos por el barro húmedo. Entre ellos, una mujer se apoya en un bastón, de pie, con la mirada fija, firme. La escena tiene algo solemne, pero no tenso. Es un encuentro sin palabras, pero cargado de atención mutua. Nadie intenta impresionar a nadie. Ellos están en casa. Nosotros, de paso.

Una de las mujeres del grupo se acerca unos pasos más. Es mayor, de rostro surcado, pero con una mirada viva. Lleva una manta anaranjada cruzada sobre el pecho y sostiene una botella reutilizada de Ouzo, un licor griego. Le ha insertado un tubo de madera por el cuello, formando una cachimba improvisada. Nos la muestra con una sonrisa amplia, enseñando los dientes partidos con desparpajo y orgullo. Se la lleva a la boca sin ceremonias, da una calada y sigue mirándonos con esa expresión entre juego y costumbre. Es una escena inesperada y luminosa, tan sencilla como inolvidable.

Llegada a Dimma
Cuando termina la visita a la comunidad, aún nos queda por delante una decisión. Podríamos dormir en un hotel en Mizan Tefari, tal como estaba previsto, y descansar con cama, ducha y luz eléctrica. Pero eso nos dejaría a 90 kilómetros de Dimma, y si se celebrase una donga surma al día siguiente, podríamos llegar tarde. Así que elegimos lo contrario: continuar hasta Dimma y dormir en tienda de campaña. Más incómodo, pero también más cerca.
La noche ya ha caído al llegar a Dimma. El trayecto ha sido largo, y el cansancio empieza a notarse en el cuerpo. Hace poco han descubierto una mina de oro en la zona y el único hotel de la ciudad está completamente ocupado por trabajadores. No hay habitaciones disponibles.
Por suerte, Mesfin ha conseguido permiso para que plantemos las tiendas en el descampado que sirve de como parking del hotel. No es lo más cómodo, pero es seguro. Mientras Ayele y Amhara se encargan de montar el campamento, nosotros decidimos salir a dar una vuelta por la ciudad.
Diario de viaje de Etiopía
- Crónica de un viaje a Etiopía – 1ª parte: De Adis Abeba a Jimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 2ª parte: De Jimma a Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 3ª parte: El oro de las minas de Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 4ª parte: Rumbo a Kibish, entramos en territorio surma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 5ª parte: La lucha Donga, honor y sangre
- Crónica de un viaje a Etiopía – 6ª parte: Conociendo a los surma

