La noche ya ha caído en Dimma, pero el calor sigue pegado a la piel. Salimos a estirar las piernas por la calle principal, la única asfaltada de toda la ciudad. No es que Dimma tenga muchas calles: esta es, en realidad, un tramo de la carretera nacional que atraviesa el pueblo, la misma por la que hemos llegado.
No han pasado ni cinco minutos desde que dejamos el hotel y ya estamos rodeados de niños. Han salido como si alguien les hubiera avisado. Se nos quedan mirando con esa mezcla de timidez, asombro y alegría que solo se ve donde el turismo aún es una rareza. Y aquí, al sur del río Omo, lo es.

Entre ellos, un niño muy pequeño se esconde detrás de su padre. El hombre lo anima a acercarse con una sonrisa suave, como quien invita a un cachorro a dar el primer paso. El niño avanza poco a poco, dudando, hasta que al final extiende la mano para tocarnos.
Nos acarician los brazos con curiosidad, atentos a cada detalle. Les sorprende el tacto de nuestra piel, tan distinta a la suya. Pero lo que más les intriga es el vello. Lo tocan, lo observan, lo comparan entre risas. Nosotros también reímos. Es un momento sencillo, espontáneo, de esos que no necesitan traducción.

Nuestra presencia ha despertado la curiosidad del vecindario. Algunos vecinos nos observan desde las puertas de sus casas. Otros, más atrevidos, sacan el móvil para hacernos fotos mientras nosotros jugamos con los niños, casi sin darnos cuenta de que la noche empieza a armar una historia propia.

La conexión con los chavales ha sido casi instantánea. Basta una sonrisa, un gesto, una palmada al ritmo de alguna melodía que apenas tarareamos, para que el juego empiece. En cuestión de minutos, ya estamos bailando con ellos en plena calle, rodeados de risas, saltos y miradas llenas de chispa.

La hora azul todavía no se ha ido del todo. Queda una luz suave, perfecta para algún retrato improvisado. Les pedimos si podemos hacerles una foto, y asienten con timidez, pero también con una especie de orgullo contenido. Si hay algo mágico en estos lugares, es eso: hacer una foto y ver sus reacciones al enseñársela después. Las carcajadas tímidas, los gestos imitando a raperos, las manos en el aire, las coreografías improvisadas. Bailan, posan, se ríen. Y nosotros con ellos.

Esa es, quizá, una de las grandes virtudes de la fotografía: que te permite conectar con la población local más allá del idioma. A veces no hace falta entenderse con palabras, basta con una mirada, una sonrisa compartida y el gesto de enseñarles una imagen para que se cree algo genuino. Un pequeño vínculo que deja huella.

Me acerco a la puerta del bar con la cámara aún en la mano. Los niños siguen riendo y jugando a mi alrededor. Aprovecho los últimos instantes de luz para hacer un par de retratos más, sabiendo que probablemente serán los últimos del día. La calle está tranquila, con ese aire suspendido que tiene la noche cuando cae en un lugar remoto.

Entonces se acerca un hombre que no habíamos visto antes. Dice que es el jefe de la policía local. No muestra ninguna identificación, simplemente lo afirma con seriedad.
No le doy demasiada importancia. Le asiento con educación y entro en la terraza del bar. Pido una cocacola y me siento en una mesa.
A los pocos minutos, el hombre vuelve a aparecer. Se planta junto a mí y vuelve a insistir: quiere hablar con el líder del grupo y ver nuestros permisos. Le explico que yo no tengo los papeles, que los lleva el guía. Saco el teléfono y llamo a Mesfin. Le cuento la situación y le pido que venga al bar cuanto antes, con la documentación.
En pocos minutos llega, solo, en coche. Habla con el supuesto policía y luego ambos suben al vehículo. Tras unos minutos de conversación en el interior, el coche arranca. Se alejan por la carretera principal, sin dar explicaciones.
Han pasado unos veinte minutos desde que se marcharon. Sigo sentado en la terraza, con la cocacola ya caliente entre las manos, dándole vueltas a lo que acaba de ocurrir. La música sigue sonando, y en el billar nadie parece haberse enterado de nada. Pero algo dentro de mí no está tranquilo.
Entonces suena mi teléfono. Es Mesfin.
Contesto y lo primero que escucho es su voz, más baja de lo habitual, pero firme:
—Estoy detenido en comisaría. No preguntes nada. Vete al hotel ahora mismo. Y no tardes.
Cuelga.
No hace falta más. Me levanto y empiezo a caminar con paso rápido por la calle principal, dejando atrás el bar y la cocacola sin terminar. La noche se ha vuelto más espesa. El ambiente que hace apenas un rato era festivo y ligero, se ha vuelto denso, como si algo invisible hubiese cambiado la energía del lugar.
En el camino apenas hay gente. Cruzo la ciudad sin detenerme ni para mirar atrás. A estas alturas no sé qué ha pasado exactamente, pero las instrucciones eran claras. Me dirijo al hotel sin perder el paso.
Allí, algunos miembros del personal me miran con curiosidad cuando llego. Me siento un momento y trato de recomponer lo que acaba de ocurrir, aunque yo mismo no acabo de entenderlo del todo.
Un par de horas después aparece Mesfin por la puerta. Con él viene el supuesto jefe de la policía. Ambos se están riendo. La escena, por surrealista que parezca, tiene algo de alivio.
Mesfin se acerca y me cuenta lo ocurrido con calma:
—Un vecino del pueblo nos ha denunciado. Estaba borracho. Ha dicho que venimos a robar el oro de Dimma… porque hemos entrado con el coche en el hotel donde se alojan los mineros.
Me cuesta procesarlo.
—¿Pero qué…?
—Sí, sí. Así tal cual. Y luego, cuando estábamos en comisaría, me ha dicho que si le pagaba una cantidad podía retirar la denuncia.
Nos miramos sin saber si reír o enfadarnos. Lo absurdo de la situación supera cualquier intento de lógica.
—Y a mí, además, me han detenido por conducir de noche. Aquí dicen que está prohibido por los riesgos de atropello o asaltos. Pero bueno, ya está todo arreglado.
Respiro hondo. Todo ha quedado en una de esas anécdotas que uno solo puede contar cuando viaja a ciertos rincones del mundo.
Esta noche no dormimos en una habitación. Acampamos en el aparcamiento del hotel, donde la cocinera y Ayele han montado las tiendas de campaña. Nos espera una cena sencilla bajo las estrellas, tras una jornada que comenzó al amanecer en Jimma y terminó con una acusación absurda y una detención surrealista. Por suerte, todo acabó en una anécdota… pero aún seguíamos sin el coche.
Diario de viaje de Etiopía
- Crónica de un viaje a Etiopía – 1ª parte: De Adis Abeba a Jimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 2ª parte: De Jimma a Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 3ª parte: El oro de las minas de Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 4ª parte: Rumbo a Kibish, entramos en territorio surma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 5ª parte: La lucha Donga, honor y sangre
- Crónica de un viaje a Etiopía – 6ª parte: Conociendo a los surma

