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Pueblo de Kibish Etiopía

Crónica de un viaje a Etiopía – 4ª parte: Rumbo a Kibish, entramos en territorio surma

Amanecimos a las seis y media de la mañana, con el cuerpo algo entumecido por la noche en tienda de campaña y el recuerdo aún fresco del incidente del día anterior. El dueño del hotel nos había dado permiso para usar una ducha exterior, y aunque el agua caía apenas en un hilo y la presión brillaba por su ausencia, lo agradecimos como si fuera un lujo. Quizá no volvamos a ver otra ducha en varios días. Al salir, uno de los mineros que se alojaba en el hotel se me acercó y, con una sonrisa, me ofreció usar el lavabo de su habitación. Su ducha, evidentemente, estaba en mucho mejor estado… pero ya era tarde: ya me había duchado. El gesto, sin embargo, se sintió como un regalo.

A pesar del susto de anoche, decido salir a dar un paseo por Dimma mientras Mesfin se encarga de recuperar el coche. Es temprano, pero la ciudad ya está despierta. Dimma es la última ciudad antes de entrar en el territorio surma, y su cercanía a la frontera con Sudán del Sur le da un aire fronterizo, como sacado de un western africano. Las calles están aún húmedas por la lluvia, los comercios comienzan a abrir, y los bares reproducen música a todo volumen mientras los primeros clientes matan el tiempo en la sombra.

Llego al final del poblado, donde la carretera se estrecha y aparece el puente que cruza el río. En la orilla, varios chavales se bañan y se lanzan al agua entre empujones. Me detengo a observar la escena. De pronto suena mi teléfono: es Mesfin. Su contacto en el territorio surma acaba de llamarle para confirmar que esta tarde se celebrará una donga. Me dice que me quede por allí, que en unos minutos pasará a recogerme.

Mientras espero, se me acercan un par de jóvenes en moto, intrigados por mi presencia. Charlamos un rato, y saco el teléfono para enseñarles algunas fotos de otras tribus de su país. Nos reímos al ver sus reacciones, tratando de adivinar juntos de dónde era cada rostro. Es curioso ver cómo algo tan simple como una imagen puede generar tanta conversación.

Suerte que decidimos dormir en Dimma en lugar de en Mizan Tefari. La aventura, ahora sí, por fin comienza.

Un precioso árbol en territorio Surma
Un precioso árbol en territorio Surma

Poco después, el coche de Mesfin aparece entre el polvo. Me subo y cruzamos el puente que marca el límite invisible entre dos mundos. Al otro lado del río comienza el territorio surma. Las señales del Estado etíope desaparecen y lo que se impone es la ley del respeto, la costumbre y la negociación. El paisaje cambia de inmediato: la carretera asfaltada se convierte en un camino de tierra rojiza flanqueado por colinas verdes. La vegetación se adueña del horizonte.

A lo lejos, unas pequeñas construcciones circulares rompen la continuidad del paisaje. Son cabañas familiares de madera y barro, muchas con un tejado ennegrecido. Algunas están agrupadas en pequeños núcleos, otras aparecen aisladas entre árboles. Mesfin me cuenta que en los poblados surma suelen construir una cabaña aparte solo para cocinar, algo que ya empiezo a distinguir a simple vista.

En medio de ese silencio verde, un grupo de niños nos saluda desde la cuneta. Van vestidos con las típicas túnicas azules salpicadas de topos negros. Gritan algo que suena como “chali, chali” mientras agitan los brazos con energía. Les devolvemos el saludo desde el coche y seguimos avanzando.

Niños surma con vestimenta tradicional en Kibish
Niños surma con vestimenta tradicional en Kibish

Llevamos más de dos horas recorriendo el interior del territorio surma. La carretera es inexistente, solo un camino de tierra rojiza lleno de baches que sacude el coche con cada curva. La vegetación es tan densa como salvaje, y el calor empieza a apretar. En un tramo algo más despejado, Mesfin detiene el coche. Es una parada rápida para estirar las piernas y, sobre todo, para aliviar la vejiga.

Me alejo unos metros hacia unos arbustos, buscando algo de intimidad. No pasan ni treinta segundos cuando escucho un grito:
—¡Vamos, coche! ¡Vamos, coche!

Me sobresalto. Es Mesfin. Grita con una mezcla de urgencia y nerviosismo desde el otro lado del camino. Me subo los pantalones a toda prisa y corro hacia el coche.

Subimos todos al coche y Ayele arranca de inmediato, con el gesto serio y los nudillos apretados sobre el volante. El traqueteo del vehículo se mezcla con el silencio tenso del interior. Durante unos segundos no entiendo qué ha pasado, hasta que noto que Mesfin, sentado en el asiento del copiloto, se gira por completo y mira hacia atrás, a través de la luna trasera del coche. Al notar su gesto, yo también me vuelvo.

Entonces los veo.

Dos hombres surma corren por el camino en nuestra dirección. Van armados con kalashnikovs y se acercan a paso firme. Parece que venían directos hacia nosotros mientras estábamos parados, probablemente con intención de asaltarnos.

Por suerte, Mesfin o Ayele los vieron justo a tiempo. Subimos al coche antes de que pudieran alcanzarnos y ahora nos alejamos mientras la distancia entre ellos y nosotros crece a cada segundo.

No hubo palabras, ni dudas, ni explicaciones. Solo un grito: “¡Vamos, coche!”. Y una reacción rápida que, tal vez, nos ha evitado un problema mayor.

A medida que nos adentramos en territorio surma, la conducción se complica. Los caminos de tierra están repletos de baches profundos provocados por las lluvias, y más de una vez parece que el coche va a volcar. Pero Ayele, que además de bromear sin parar es un conductor extraordinario, esquiva cada obstáculo con una seguridad envidiable.

Un hombre de la tribu surma armado con un AK 47
Uno de los miembros de nuestra escolta posa con su AK47

Poco después, el camino se bifurca. Justo en la intersección hay un pequeño poblado, y frente a él, una caseta militar. Nos detenemos antes de tomar la salida. Mesfin se baja para hablar con los soldados que vigilan el cruce. Le advierten de lo que ya imaginábamos: la carretera que lleva a Kibish no es segura. Esta zona está considerada como “zona roja” por el alto riesgo de asaltos armados. Por precaución, decidimos contratar escolta.

Volvemos a ponernos en marcha, esta vez con un militar etíope subido al coche como medida disuasoria. No es que esperemos un ataque inminente, pero aquí la autoridad del Estado se diluye en cuanto se cruzan los límites del mapa.

Pueblo de Kibish Etiopía
Pueblo surma de Kibish, cerca de la frontera con Sudán del Sur

Finalmente llegamos a las afueras de Kibish, una pequeña ciudad surma situada junto al río. Allí contratamos a dos escoltas más, esta vez son dos surmas armados con AK’s.  Acamparemos a un kilómetro de distancia, cerca del cauce. Allí, entre árboles y polvo rojo, montaremos nuestras tiendas durante los próximos días.

El reloj del coche marca las seis, las doce en el horario occidental. Es pronto para comer, pero esta misma tarde se celebrará una donga, y no hay tiempo que perder.

Mientras descargamos el equipaje, Mesfin negocia con el líder surma con la ayuda de su contacto local. El acuerdo es rápido: podremos asistir al combate por 2500 birr por persona, unos 50 euros. No es poco, pero tampoco caro para lo inaccesible que resulta este ritual en la actualidad.

La donga está a punto de empezar.