Primeras señales de la donga
Se escuchan cánticos en las inmediaciones del campamento. Voces profundas, repetitivas, que resuenan con una fuerza difícil de explicar. Son los guerreros surma, acompañados de su gente. No están lejos. El líder de la comunidad se aproxima con paso firme y nos presenta a uno de los luchadores. “Es uno de los favoritos”, nos dice con una sonrisa de orgullo. El joven guerrero asiente con la mirada, vuelve junto a los suyos y todos juntos desaparecen hacia el río.
Según nos han contado, antes del combate los guerreros se bañan en el río y luego se pintan el cuerpo con arcilla de tonos ocres. Es una tradición que viene de lejos: los dibujos que trazan sobre la piel servían para intimidar al enemigo, y esa costumbre se mantiene viva en la lucha donga.
El tiempo apremia. Ayele va preparando el coche mientras nosotros terminamos de comer.

Nos vamos a la donga
Montamos de nuevo en el coche. Esta vez, Mesfin y yo vamos sentados detrás; delante han subido dos de nuestros escoltas, dos surma armados con kalashnikovs. El camino discurre entre árboles y matorrales. Pronto nos topamos con un río que atraviesa la pista, completamente ocupado por un grupo de vacas. No podemos cruzarlo por ahí. Los soldados surma nos indican que giremos a la derecha, siguiendo el cauce. Ayele, como siempre, no duda: maniobra y comienza a conducir río abajo. Parece que un poco más adelante sí hay un punto por el que podremos cruzar.
Su destreza al volante vuelve a quedar demostrada. Tras varios minutos sorteando piedras y zonas anegadas, conseguimos vadear el río por un paso algo más bajo. Al otro lado, el paisaje vuelve a cerrarse. La pista es cada vez más estrecha, más abrupta, más salvaje.

Finalmente, nos detenemos en mitad del camino. No hay ningún cartel, ni señal, ni referencia visible. Solo un silencio denso y un calor sofocante que cae a plomo sobre nosotros. Son las cuatro de la tarde. A nuestro alrededor no hay nada. Hasta que uno de los chavales que venía en el coche con nosotros nos hace una señal. Nos indica que le sigamos entre los árboles.
Sin decir una palabra, le seguimos bosque a través. Caminamos entre los árboles, abriéndonos paso entre la maleza, guiados solo por la intuición de quien conoce bien el terreno. A medida que avanzamos, las voces se hacen más claras, los cánticos más intensos, el murmullo se transforma en bullicio. Algo grande está ocurriendo.
Y de pronto, tras un último tramo entre arbustos, se abre el claro: una explanada enorme, rodeada de vegetación, donde ya se congregan cientos de personas. Habría sido imposible llegar hasta aquí sin la ayuda de la gente local. Estamos en el corazón de la donga.

Los guerreros llegan a la donga
Desde distintos puntos del bosque comienzan a llegar grupos de surma. Cada grupo representa a un pueblo o clan distinto. Caminan juntos, entre cánticos y gritos, como si el rugido de la selva se hubiera encarnado en ellos. Al frente de cada grupo marchan cuatro o cinco hombres completamente desnudos: los luchadores. Caminan erguidos, con paso firme, acompañados por familiares, amigos y vecinos del poblado, todos vestidos con las características túnicas azules de topos negros. Muchos de ellos también cargan dongas, al igual que los combatientes, y no son pocos los que portan un kalashnikov colgado al hombro.

A nuestro alrededor, el campo se va llenando. La explanada se transforma poco a poco en una especie de anfiteatro natural. Cada grupo ocupa su lugar, siempre cerca de su luchador. En el aire se mezclan los gritos de ánimo, los cánticos tribales y el chocar de las varas de madera contra el suelo. El ambiente es eléctrico. Algo va a pasar. Se siente.

El héroe es aclamado
De pronto, el bullicio se transforma en un canto unánime. La gente comienza a corear algo que no alcanzo a entender. Todas las miradas se dirigen hacia un punto concreto de la explanada, y entonces lo veo: un hombre es llevado a hombros por los suyos. En una mano lleva una bandera; en la otra, un cuchillo de grandes dimensiones. Es el campeón de la donga anterior. Avanza entre gritos de admiración hasta situarse frente a las mujeres del pueblo, que lo observan con atención.

Mesfin me susurra que el ganador no solo se lleva el respeto de todos y una buena parte de la cosecha anual, sino también el derecho a escoger a dos mujeres con las que casarse. Lo miro de nuevo. Va erguido, orgulloso. No necesita sonreír. Le basta con estar allí arriba para demostrar que nadie fue capaz de tumbarlo.

Aprovecho ese momento de calma para preparar la cámara. El teleobjetivo está listo. La luz es dura, pero perfecta para congelar los momentos de acción que están por venir. El ambiente, sin embargo, no es tan calmado como parece. La tensión está en el aire. Los grupos de luchadores comienzan a reunirse más cerca del centro, las dongas en alto, golpeando el suelo, calentando músculos y espíritu.
Los combates están a punto de comenzar.

La donga esta a punto de comenzar
El círculo de gente comienza a cerrarse. Los luchadores se colocan en el centro, empuñando sus dongas: palos largos y curvados que parecen una extensión de sus cuerpos. Están desnudos, salvo por las protecciones improvisadas que llevan en tobillos, antebrazos y cabeza. Algunas son de esparto, otras simples trozos de tela.

Empiezan los primeros enfrentamientos. El sonido seco de la madera al chocar retumba en todo el claro. Cada impacto lanza astillas al aire. La multitud grita, se agita, se mueve con los luchadores, como un solo cuerpo vivo. Me cuesta mantenerme firme mientras fotografío. La escena es caótica, impredecible. Un paso en falso y podrías acabar en medio de la lucha.

Los surma del público usan sus propias dongas para frenar golpes que se desvían hacia los espectadores. Y no es un gesto simbólico: los bastonazos son reales. Uno de los luchadores acaba de recibir un golpe en la cabeza, empieza a sangrar. Continúa un rato más, tambaleándose, pero termina por retirarse. Nadie lo acompaña. Solo algunos gritos de celebración acompañan su retirada.

Un cóctel peligroso
En uno de los choques más intensos, un golpe acertado desata los vítores del grupo del vencedor. Algunos disparan al aire con sus kalashnikovs, otros gritan, levantan los brazos y celebran como si hubieran ganado ellos mismos. Entre la multitud, muchos beben cerveza de sorgo casera. El calor es sofocante, la tierra está seca y el polvo se levanta con cada paso. Alcohol, testosterona y kalashnikovs. Un cóctel peligroso que se respira en cada rincón del campo de combate. Se nota en los empujones, en las miradas desafiantes, en los gritos que cortan el aire. La tensión es real, basta con estar ahí para entender que, si todo sigue en pie, es por un equilibrio tan frágil como impredecible.

Aprovecho un momento de calma para cambiar de óptica. Apenas lo hago, veo que un grupo de mujeres y niños se ha acercado hasta donde estamos. Una de ellas lleva un plato labial de un tamaño que impresiona incluso en persona. Me ofrece algunos platos de cerámica: uno por 100 birr. Le digo que ahora no. Ya habrá tiempo.
La calma es breve.

Fotografiar entre palos, gritos y astillas
Me muevo entre la multitud buscando nuevos ángulos. La adrenalina no me deja estar quieto. Cada choque de dongas es un estallido de tensión. Los guerreros se lanzan al combate con una fiereza brutal. Golpes secos, rápidos, directos. El sonido de la madera astillándose resuena entre los gritos. En más de una ocasión me veo obligado a apartarme de un salto para no llevarme uno de esos palos en la cara.
Algunos de los luchadores sangran. En la ceja, en la frente, incluso en la boca. Aun así, siguen combatiendo. Aquí nadie se queja, nadie se retira a la primera. Uno de ellos tambalea tras un impacto en las costillas, pero aguanta de pie. No sé si es orgullo o simplemente instinto de supervivencia. Los gritos del público no dan tregua. Es como estar en una olla a presión, donde todo se mueve, todo vibra y todo arde.

El sol no afloja. Los cuerpos sudan, los ojos brillan. Me acerco a una zona donde hay más movimiento. Uno de los guerreros acaba de romper su donga tras un choque brutal. Sin dudarlo, alguien del público le lanza otra. Aquí no hay pausas, ni margen para el miedo. La lucha continúa como si nada.

Cada combate termina con una mezcla de euforia y cansancio. Los luchadores se retiran a un lado, jadeando, mientras los siguientes se preparan para entrar en la arena improvisada. Algunos se ajustan las protecciones, otros simplemente esperan su turno, observando con atención los combates anteriores.
A mi alrededor, los grupos de espectadores beben, gritan, comentan, a veces discuten. Algunos se acercan a ver mis fotos en la cámara. Otros simplemente observan. Intento mantenerme en movimiento, buscando ángulos, encuadres, luces. Pero de repente, algo cambia.

Estalla el caos en la donga
Suenan unos disparos. Como tantos otros que se han escuchado durante la jornada. No hay nada diferente en el sonido. Pero sí en la reacción. Gritos. Pánico. La multitud, que hasta hace un segundo estaba completamente entregada al espectáculo, estalla en una estampida. Todos corren en la misma dirección. No hay tiempo para pensar.
Me levanto como puedo y empiezo a correr. A los pocos metros, tropiezo al intentar no pisar a un niño que grita en el suelo. Caigo protegiendo la cámara con el cuerpo. Siento la tierra caliente en la cara. A mi alrededor, los surma pasan corriendo, esquivándome. Intento incorporarme, pero no me da tiempo.
Un hombre surma se acerca corriendo, me mira un segundo, y sin decir nada, se tumba sobre mí, cubriéndome con su cuerpo. No me conoce de nada, pero ha decidido protegerme. Tal vez ha intuido que no entendía lo que estaba pasando. Tal vez ha visto en mi mirada el desconcierto. O simplemente ha actuado por instinto. En medio del caos, su gesto es el refugio más inesperado.

Hora de abandonar la donga
Permanecimos en el suelo durante varios minutos, intentando entender qué estaba ocurriendo. Poco a poco, los gritos fueron apagándose y las carreras se detuvieron. La gente comenzó a incorporarse, a sacudirse el polvo y, como si nada hubiese pasado, a caminar de nuevo hacia la zona de combate.
Al parecer, lo que había desencadenado la estampida no fue un ataque, ni una amenaza externa, sino algo más doméstico, pero igualmente peligroso. Algunos miembros del público, probablemente bajo los efectos del alcohol y con cuentas pendientes entre ellos, se enfrentaron en medio de la multitud. No sabemos si alguien llegó a disparar con intención de herir o si fueron simples tiros al aire, pero lo que sí parece claro es que en algún momento alguien apuntó hacia otro grupo. Y en un lugar lleno de kalashnikovs, eso basta para desatar el pánico.
Estaba claro que testosterona, alcohol y armas automáticas era un cóctel peligroso. Y acabábamos de presenciar su efecto.
Me reencuentro con Mesfin entre la gente que se reorganiza. Me sugiere que volvamos al campamento, y no tarda en convencerme. Aunque la calma parece haber regresado, la tensión ya no se disimula, y es evidente que muchos de los presentes están bastante bebidos. La donga ha terminado para nosotros.
Es momento de volver.
Diario de viaje de Etiopía
- Crónica de un viaje a Etiopía – 1ª parte: De Adis Abeba a Jimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 2ª parte: De Jimma a Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 3ª parte: El oro de las minas de Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 4ª parte: Rumbo a Kibish, entramos en territorio surma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 5ª parte: La lucha Donga, honor y sangre
- Crónica de un viaje a Etiopía – 6ª parte: Conociendo a los surma

