Llegamos al campamento
Al regresar al campamento, aún con la adrenalina de la donga en el cuerpo, nos encontramos con un pequeño grupo de mujeres y niños surma. Se habían pintado la cara y el cuerpo con arcilla para llamar nuestra atención y conseguir que les hiciéramos fotos. Aunque les pedimos que volvieran al día siguiente, para aprovechar mejor la luz y hacerlo con calma, lo cierto es que acabamos retratando a varios. Los niños se habían pintado con tanto esmero que costaba decir que no. Con sus trazos de arcilla blanca y sus sonrisas tímidas, se acercaban esperando una señal de aprobación. También retratamos a alguna mujer con plato labial, una imagen impactante que impresiona aún más al verla de cerca. Cuesta imaginar el proceso de transformación necesario para alcanzar ese nivel de dilatación.

Cenamos tranquilamente, comentando lo que había ocurrido durante la donga. Estábamos cansados. La tensión, el calor, la adrenalina… todo había pasado factura. Nos fuimos a dormir pronto, pero esa noche fue especialmente intensa. Pasadas unas horas, ya de noche cerrada, se empezaron a escuchar disparos a lo lejos. Eran los guerreros que volvían a sus aldeas tras la lucha. En algún momento, un grupo pasó bastante cerca del campamento. La mezcla de oscuridad, alcohol y armas hacía que cualquier ruido nos pusiera en alerta. Solo deseábamos que no se detuvieran, que siguieran su camino.
Por suerte, no ocurrió nada. Amaneció en el territorio surma. Desayunamos y nos dirigimos a presenciar uno de los rituales más curiosos de esta cultura: el desayuno surma.

El desayuno surma
Para llegar hasta el lugar donde se celebraba el ritual tuvimos que caminar unos 15 o 20 minutos a través de un paisaje frondoso, de un verde tan intenso que parecía recién pintado. La humedad del ambiente, el canto de los pájaros y el sonido apagado de nuestros pasos sobre la tierra mojada hacían que el trayecto se sintiera casi como una pequeña expedición. Finalmente, tras sortear una pequeña pendiente, llegamos a una especie de corral. Allí, entre el ganado, se abría una vista preciosa hacia las montañas.

El desayuno surma es un ritual reservado únicamente a los hombres. En su cultura —como en muchas otras de África— el ganado representa riqueza, estatus y una profunda conexión con la tradición. Por eso, las vacas no se matan para alimentarse. En su lugar, se consume lo más valioso que pueden ofrecer: su leche y su sangre.

Presenciamos el ritual desde cerca. Primero seleccionan una vaca del rebaño. Uno de los hombres palpa su cuello hasta encontrar el punto exacto. Luego, otro la sujeta mientras un tercero coloca un torniquete. Con un disparo de flecha preciso, perforan la vena elegida. No hay violencia visible. Las vacas, acostumbradas a este proceso, apenas se inmutan. La sangre empieza a salir en un chorro espeso, que recogen con una calabaza.

Una vez extraída la sangre, la vaca vuelve tranquila al rebaño. Los hombres beben directamente de la calabaza en silencio, como parte de un ritual que, aunque nos resulte ajeno, forma parte de su vida cotidiana y de su relación con el ganado.

Kibish y la niña surma
Después de asistir al ritual, regresamos al poblado con la intención de conocer un poco más a los Surma en su día a día. Paseamos por las calles de Kibish, nos sentamos a charlar con algunos vecinos, tomamos algo con ellos. El ambiente era tranquilo. Muchos se acercaban con curiosidad, nos observaban y sonreían, especialmente los niños. En lugares así, donde eres el único extranjero, la curiosidad es mutua: uno mira, pero también es mirado. Y esa doble mirada puede dar lugar a momentos muy bonitos.

El sol de la mañana ya empezaba a calentar el aire denso del Valle del Omo, un lugar donde el tiempo parece fluir con una cadencia ancestral. Mis pasos me guiaban por calles polvorientas, entre chozas de adobe y la vibrante vida cotidiana de las comunidad surma, cuando de pronto, una pequeña figura capturó mi mirada.
Allí estaba, con una presencia serena que desmentía su tamaño. Era una niña, de pie con una quietud que invitaba a la observación. Inmediatamente, quedé cautivado por la pureza y la gracia de sus facciones. Su rostro, enmarcado por el corte simple de su cabello, revelaba una belleza natural y sin artificios. Sus ojos, profundos y oscuros, me miraron con una franqueza desarmante, como si en ellos se reflejaran siglos de historias y la sabiduría innata de su pueblo. La forma de su nariz y sus labios completaban un conjunto armónico, cada rasgo contribuyendo a la singularidad de su expresión.
Pero lo que verdaderamente acentuaba la excepcionalidad de su apariencia eran sus orejas, adornadas con esos grandes discos de madera que hablaban de tradiciones arraigadas y una identidad cultural profunda. Eran un testimonio vivo de la riqueza de su herencia, combinando lo bello con lo ancestral. Sus manos, delicadamente entrelazadas, sostenían unas chapas de colores, añadiendo un toque de inocencia y detalle a su postura. Vestida con una manta de tonos tierra y adornada con las pulseras tradicionales surma, su figura se erguía contra el vibrante telón de fondo de una ventana verde que contrastaba con su ropa, creando una imagen que ya intuía que quedaría grabada en mi memoria.
En ese breve instante, al observar sus preciosas facciones y la calma en su mirada, sentí que había presenciado algo más que un simple encuentro; era un vislumbre del alma de Etiopía, la esencia de la tribu Surma, plasmado en el rostro inolvidable de una niña. Sin duda, este encuentro se consolidó como uno de mis retratos favoritos y un verdadero tesoro de mis viajes.

Después de la charla y de hacer algunos retratos, nos dirigimos a un pequeño restaurante local donde comimos injera, la base de cualquier comida etíope. En el plato, trozos de carne con especias, verdura cocida y el ácido característico de esa especie de crêpe fermentada que sirve tanto de cubierto como de alimento. La injera no se olvida fácilmente: por su sabor, por su textura… y por la manera en que se comparte.

Una sesión de retratos junto al río
A media tarde, regresamos al campamento. El calor apretaba, así que decidí acercarme al río para darme un baño. El agua estaba turbia pero refrescante. Me descalcé, entré poco a poco, y me dejé llevar por la corriente templada. En medio del baño, apareció una mujer surma. Tenía medio torso descubierto y unas escarificaciones bellísimas que le cruzaban el pecho como si fueran tatuajes en relieve. Le hice un gesto para preguntarle si podía esperar allí un momento. Salí del agua, corrí al campamento a por la cámara y regresé justo a tiempo. Ella seguía de pie, imperturbable. Le hice una foto. Una sola. Y le di las gracias con una reverencia silenciosa.

Más tarde, ya de vuelta en el campamento, empezaron a llegar los niños. Algunos venían pintados con arcilla blanca, con dibujos en el rostro y el cuerpo. Otros aún se estaban pintando unos a otros, en escenas que mezclaban ternura e instinto de supervivencia. Sabían que, si llamaban nuestra atención, probablemente conseguirían alguna propina. Para ello también colocaban flores sobre sus cabezas y repetían la palabra «photo photo». Aun así, había algo profundamente bello en su manera de prepararse: se pintaban con cuidado, se observaban entre ellos, y posaban sin vergüenza pero sin exigencias.

La sesión con los niños y las mujeres surma iba viento en popa. Nos reíamos, compartíamos gestos, retratábamos sus pinturas y adornos. Los niños se habían pintado con arcilla para llamar la atención y se turnaban para posar. Las mujeres, algunas con platos labiales, otras con escarificaciones, se acercaban curiosas. Entre ellas, también había quien no llevaba plato, pero sí la cicatriz: la hendidura del labio inferior, que había sido cosida con hilo. Una línea cerrada que no pasaba desapercibida.
Nos contaron que algunas ONGs, presentes en la región, les habían facilitado la operación para cerrar la dilatación labial. No porque ellas lo pidieran, sino porque sabían que muchas mujeres surma sufrían rechazo en los mercados locales, donde otras etnias las consideran “salvajes” por llevar plato. Era una forma de poder vender, de no ser estigmatizadas. Una cesión forzada, más que una elección.

La mujer que rondaba nuestras tiendas
De pronto, una de ellas irrumpió en la escena portando unas ramas de hierba de la Pampa, de tallo largo y espigas plumosas. Caminaba con la mirada perdida y una expresión completamente ida. Mientras rodeaba nuestras tiendas de campaña con movimientos lentos y repetitivos, entonaba algo en voz baja, como si cantara una melodía lejana. No entendíamos sus palabras, ni el sentido de sus gestos, pero desde fuera la escena resultaba desconcertante. Parecía como si estuviera lanzando una maldición. Un gesto incomprensible que, inevitablemente, nos hizo mirar con recelo.
Tras observarla un rato, le pedí a Mesfin que preguntara a los hombres que había cerca si sabían qué estaba haciendo. Nos contaron que aquella mujer había perdido a su hijo hacía menos de una semana. Un hombre borracho le había disparado en la cabeza, delante de ella. Desde entonces, vagaba por el poblado repitiendo siempre los mismos gestos, atrapada en un duelo que aún no encuentra consuelo. Se nos encogió el cuerpo.
La incomodidad que habíamos sentido se transformó de golpe en compasión. Nos dolió haberla juzgado en silencio, interpretando sus actos a través del filtro de nuestra ignorancia. Intentamos acercarnos a ella con respeto. Se sentó un rato con nosotros en la mesa, en completo silencio. Le ofrecimos unos plátanos. Al principio los miró sin reaccionar, pero al cabo de unos minutos, aceptó uno. Y en un instante fugaz, apenas perceptible, esbozó una pequeña sonrisa.
Fue una de esas escenas que te remueven por dentro. Un recordatorio brutal de lo que significa vivir en un lugar donde las armas circulan sin control y las tragedias no avisan.

La noche cayó lentamente sobre el campamento. A pesar del calor del día, el aire se volvió más fresco, y entre el murmullo de las conversaciones y el crepitar de algún hornillo, cenamos en silencio. No por falta de hambre, sino por todo lo vivido. La donga, los retratos, la mujer… todo se mezclaba en la cabeza como una película sin editar.
Amaneció en territorio surma. El sol, como cada día, impasible. Desayunamos con calma, recogimos algunas cosas, y nos preparamos para emprender la ruta hacia territorio hamer. Nos esperaban nuevas historias. Pero esta etapa, la de los surma, quedaría grabada con fuerza.
No solo por la donga o por los retratos. Sino por todo lo que no entendimos del todo, por lo que sentimos sin saber cómo explicarlo. Por el contraste entre la belleza y la violencia. Por la intensidad de una cultura que, aunque a veces nos resulta lejana, nos confronta con nuestras propias ideas de lo que es la vida, la muerte, la pérdida o la comunidad.
Y así, con los bultos en el coche y la carretera roja por delante, dejamos atrás Kibish.
Diario de viaje de Etiopía
- Crónica de un viaje a Etiopía – 1ª parte: De Adis Abeba a Jimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 2ª parte: De Jimma a Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 3ª parte: El oro de las minas de Dimma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 4ª parte: Rumbo a Kibish, entramos en territorio surma
- Crónica de un viaje a Etiopía – 5ª parte: La lucha Donga, honor y sangre
- Crónica de un viaje a Etiopía – 6ª parte: Conociendo a los surma

