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Gran Valle del Rift con el río Omo al fondo

Crónica de un viaje a Etiopía – 1ª parte: De Adis Abeba a Jimma

Llegada a Etiopía, amanecer en Adís Abeba

Tras muchas horas de vuelo, el avión por fin toca tierra en Adís Abeba. La capital de Etiopía se alza a 2.355 metros sobre el nivel del mar, lo que la convierte en una de las ciudades más altas del mundo. Son las seis y cinco de la mañana. Por la ventanilla entran los primeros rayos del sol, cubriendo la pista con esa luz dorada que suaviza todo y, durante unos segundos, convierte el asfalto en algo casi cálido. El cuerpo arrastra el peso del viaje, pero hay cierta emoción contenida en saber que empieza algo nuevo.

Ya en tierra, subimos al coche que nos llevará al hotel. En el salpicadero, el reloj digital marca las 00:45. Frunzo el ceño y me quedo mirando la pantalla con cara de no entender nada. Ayele, el conductor, me lanza una mirada cómplice desde el retrovisor y sonríe antes de explicarme que en Etiopía las horas empiezan a contarse cuando sale el sol. Para ellos, este no es el amanecer: es la primera hora del día. No se trata solo de un sistema horario diferente, sino de otra forma de mirar el tiempo. Aquí, el día empieza cuando la vida se hace visible.

Rebaño de cabras en las calles de Adis Abeba
Un rebaño de cabras descansa en medio de una de las calles de Adis Abeba

Caos en las calles y recuerdos de Tanzania

El tráfico de la capital es caótico, aunque no del mismo modo que en las ciudades occidentales. Aquí el caos tiene su propio ritmo, como una coreografía desordenada que, de algún modo, funciona. Los coches comparten la carretera con carros tirados por burros, con rebaños de vacas y cabras, con personas que cruzan sin mirar y otras que simplemente caminan por el arcén, ajenas a las normas de circulación. Es un desorden vivo, impredecible, y sin embargo lógico dentro de sus propias reglas.

Un carro tirado por un burro frente a un tuk tuk
Un carro tirado por un burro frente a un tuk tuk

Me recuerda a Arusha, en Tanzania. Y no puedo evitar emocionarme un poco al pensarlo. Esta es la primera vez que vuelvo a África desde aquel primer viaje, hace ya varios años, cuando salí por primera vez de Europa con una mochila cargada de incertidumbre… y con una cámara de fotos recién comprada. No lo sabía entonces, pero aquel gesto sencillo —comprar una cámara para un viaje— iba a marcar un antes y un después en mi vida. Fue en Tanzania donde descubrí, sin buscarlo, mi pasión por la fotografía. Desde ese momento, empecé a hacer todo lo posible por dejar atrás la ingeniería y dedicarme por completo a lo que de verdad me movía, la fotografía de viaje.

Unos vendedores se refugian del sol en las calles de Adis Abeba
Unos vendedores se refugian del sol en las calles de Adis Abeba

Mientras el coche avanza a trompicones entre el humo y los cláxones, abro la ventanilla. El aire de la ciudad es espeso. Hay un olor denso, mezcla de gasóleo, polvo, basura, humo de fábricas y comida callejera. Una mezcla que no resulta agradable, pero que tampoco me molesta. Es, al fin y al cabo, el olor de lo real. El olor de una ciudad que no se disfraza.

Dos tiendas de Adis Abeba
Dos tiendas de Adis Abeba

Desayuno con cortes de luz y primeros preparativos

Llegamos al hotel cuando la ciudad empezaba a desperezarse. En la recepción nos espera Mesfin, el guía local, junto al resto del equipo que nos acompañará en esta expedición hacia el sur. Aprovechamos para desayunar algo y cambiar los primeros euros a birrs, la moneda local. En Etiopía es habitual pagar una pequeña cantidad por cada persona que aparece en una fotografía. Lo normal son diez birr por retrato, así que conviene ir preparado con un buen fajo de billetes nuevos, limpios y listos para entregar con respeto.

Mientras esperábamos nuestra tortilla a la francesa y un batido de mango, la luz se fue dos veces. Nadie se inmutó. Ni los camareros ni los huéspedes ni siquiera nosotros, que ya intuíamos que el viaje iba a tener más sombras que certezas. El desayuno se alargó sin remedio, pero a nadie pareció importarle demasiado. En África, uno aprende pronto que el tiempo no se mide con la misma rigidez.

Con el estómago lleno y los coches preparados, por fin salimos del hotel. Nos aguarda una larga ruta hacia el suroeste, hacia territorios cada vez más remotos. Y aunque aún estamos dentro del perímetro de la ciudad, la sensación es clara: la aventura empieza ahora.

Un grupo de personas con sus burros camina por la carretera
Un grupo de personas con sus burros camina por la carretera

Rumbo al suroeste: la ruta hacia Jimma

A medida que nos alejamos de la capital, las construcciones de ladrillo van dejando paso a casas de chapa y a pequeñas cabañas de madera. El paisaje se vuelve más verde y la humedad del ambiente se hace más presente. La carretera por la que circulamos sigue siendo asfaltada, pero basta con mirar hacia cualquier calle lateral para ver cómo desaparece el asfalto y todo se convierte en tierra. Esa tierra rojiza que levanta polvo al paso de los coches y que parece estar siempre húmeda. La ciudad ha quedado atrás, y con ella, también parte del ruido. Ahora empieza otra Etiopía.

Unas mujeres conversan en una calle de tierra
Unas mujeres conversan en una calle de tierra

Hacemos una breve parada para comer en Welkite, una ciudad de paso que se abre junto a la carretera principal sin hacer demasiado ruido. Entramos en un restaurante sencillo, con mesas de plástico y ventiladores en las esquinas que mueven más polvo que aire. El menú es básico, pero suficiente: arroz, algo de carne guisada y refrescos tibios. Afuera, el calor empieza a apretar y se cuela sin pedir permiso por las rendijas de las ventanas.

No estamos ni a mitad de camino, pero el cansancio ya se deja notar. Aún nos quedan varias horas hasta Jimma, y la luz del día avanza con su propio ritmo, sin esperarnos. No conviene llegar tarde. Conducir de noche en esta parte del país no es recomendable: las carreteras son estrechas, la visibilidad escasa y el riesgo de accidentes o imprevistos aumenta cuando cae el sol.

Pagamos la comida, estiramos un poco las piernas y volvemos a subir al coche. El viaje continúa.

Una casa de chapa vista desde la carretera
El paisaje se torna cada vez más verde y las cabañas van sustituyendo a los edificios de ladrillo

El Gran Valle del Rift y la silueta del río Omo

Poco después de reanudar la marcha, Ayele detiene el coche en el arcén y nos indica que crucemos la carretera. Al otro lado, el terreno desciende de forma abrupta, como si la tierra se hundiera de pronto ante nuestros ojos.

Frente a nosotros se extiende el Gran Valle del Rift. Lo que vemos no es una grieta seca ni un paisaje árido, sino todo lo contrario: un mosaico de vegetación exuberante, colinas cubiertas de árboles y laderas frondosas que caen hasta perderse en la profundidad del valle. Allí abajo, entre el verde vibrante, se distingue ya el curso del río Omo, dibujando curvas suaves a través del paisaje. Nos dicen que esta fractura recorre África de norte a sur, y que, algún día, partirá el continente en dos. Y en ese momento, mientras lo contemplamos en silencio, parece perfectamente posible.

Es un lugar que impone sin alzar la voz. Nadie dice nada. Solo miramos en silencio, con la certeza de que estamos ante algo que no necesita explicación.

Gran Valle del Rift con el río Omo al fondo
Impresionante vista del Gran Valle del Rift, con el río Omo serpenteando a lo lejos.

Mercado de fruta y el primer retrato del viaje

Un poco más adelante hacemos una parada en un pequeño pueblo que se extiende a ambos lados de la carretera. Hay un mercado de fruta modesto, con puestos improvisados y vendedores que ofrecen guayabas, mangos y plátanos desde el suelo o sobre mesas de madera.

Vendedora de guayabas y mangos
Una vendedora de guayabas y mangos en un pequeño mercado local

Uno de ellos, un hombre mayor con gesto amable, lleva un cesto lleno de guayabas. Nos interesa la escena tal y como está, así que le pedimos permiso para hacerle una fotografía. Como forma de agradecimiento, le compramos toda la fruta. Él, rápido, vuelca las guayabas en una bolsa de plástico y nos la entrega con una sonrisa, quedándose con el cesto vacío. Pero no era eso lo que buscábamos. Lo que queríamos era retratarlo a él, con su cesto tal como lo llevaba, con las guayabas dentro. Así que, sin decir nada, volvemos a llenar el cesto y se lo devolvemos, como si nada hubiera pasado.

Entonces sí. Le hacemos la foto.

Vendedor de Guayabas
Retrato del anciano vendedor de Guayabas

Llegada a Jimma

Queda poco para llegar, pero aún nos separan unos cien kilómetros de Jimma y el sol empieza a caer con rapidez. Ayele acelera. Conducir de noche en esta parte del país no es lo ideal: no hay iluminación, el estado de la carretera es irregular y cualquier imprevisto se complica cuando la visibilidad desaparece. Dentro del coche se instala un silencio tenso. El cansancio pesa, pero también cierta urgencia.

Recién entrada la noche, alcanzamos por fin la ciudad de Jimma. Nos detenemos en un restaurante sencillo para cenar. Pedimos injera con guisos variados, servida sobre una gran bandeja de metal para compartir. Es el plato nacional, omnipresente en cualquier rincón del país. Su textura es esponjosa, su sabor ligeramente agrio… y, aunque intento acostumbrarme, reconozco que no me entusiasma. Pero en ese momento, con el cuerpo agotado por el viaje, lo importante no es tanto el sabor como el hecho de estar allí, al otro lado del mundo, compartiendo mesa con desconocidos en una ciudad que no había oído nombrar hasta unas horas antes.

Después de cenar, nos dirigimos al hotel. Una ducha, una cama, algo de descanso. Nada más.

Será la última noche con luz, agua caliente y paredes sólidas. Mañana dejaremos atrás el asfalto. Y empezará lo que realmente hemos venido a buscar.